
Carecer de una opinión consistente, necesitar reafirmarse a cada segundo o sentir que cada acción que ejecutas está sometida al veredicto de un público invisible. ¿Qué es la inseguridad? ¿Qué la produce? y lo más importante ¿tiene solución?.
Henar tiene 38 años y su vida es completamente normal. Trabaja en un hospital, acude al gimnasio dos veces a la semana, tiene familia y amigos y comparte convivencia con un gatito llamado Ulises. Todo parece sólido, agradable, adaptativo y funcional. El motivo de su consulta está relacionado – o eso cree ella – con su vida sentimental. Resulta que cuando conoce a alguna potencial pareja, toda su tranquilidad se desmonta de súbito: empieza a devanarse en dudas infinitas, consulta a todo su entorno toda palabra, acción o matiz de la persona con la que está saliendo, hiperanaliza cada cita y en definitiva, en lugar de centrarse en la vivencia en concreto, se la pasa haciéndole auditoría. La relación lógicamente no prospera demasiado – y si prospera, acaba siendo un suplicio para ella – y la cosa suele acabar en algún tipo de huida neurótica o en relación tóxica con alguien a cuyas actitudes abusivas no pudo oponerse por estar demasiado ocupada pensando mucho y actuando poco.
Indagando un poco más en su vida, descubrimos que lo que le pasa abarca otros ámbitos: en el hospital en el que trabaja, Henar también hiperanaliza las reacciones de los compañeros: Fulano está raro conmigo ¿habré dicho algo que no debía?; creo que cuchichean sobre mí a mis espaldas. Su imagen: no puedo dejarme ver si no estoy perfecta. Sus amigos: si me muestro como soy ¿me rechazarán?. Efectivamente, el motivo de su consulta, está relacionado con su vida sentimental y con su vida en general.
La inseguridad no es una enfermedad, sino una condición que existe mientras no construyamos un mundo referencial propio que no se mueva, ni se tambalee, ante lo de afuera. No hay que verla como un error a corregir, sino como un nivel de desarrollo a completar.
La adolescencia es un etapa muy crucial en este sentido, porque en ella, se desenvuelve nuestra primera crisis de identidad por oposición: por esta razón, muchos jóvenes en esta edad empiezan a vestirse de forma extravagante, desafiar las normas de los padres o desarrollar gustos alternativos; a la par que buscan la pertenencia y adaptación a los grupos. La conformidad se pone en liza con la necesidad de individualizarse. Normal que solamos transitar esos años en un vaivén desesperante. Si no hay una resolución de este conflicto, posiblemente nacerá de todo ello un adulto inseguro, que avanzará en la vida tercerizando sus certezas en las opiniones ajenas.
Padecer inseguridad es como estar moviéndonos constantemente en una gran zona gris en la que nunca hay certezas, ni salidas: una suerte de eterna crisis adolescente en la que la identidad no acaba de cocinarse al completo, atrapada en su necesidad de reafirmación externa que nunca es suficiente para compensar la falta de sustrato interno.
En nuestra época, vivimos una auténtica epidemia de inseguridad. Uno de los motivos más preponderantes es que estamos actualmente muy volcados, demasiado volcados a lo exterior. Y lo exterior está tan plagado de imágenes, supuestos referentes, modelos y esquemas, que si no tenemos muy claro lo nuestro, es muy fácil que acabemos camaleonizándonos con una cosa distinta a cada momento, sin posarnos firmes en ninguna.
¿Hay algún aliciente en ser inseguro? Hasta la tara más absurda tiene su gustito intrínseco, pero lo cierto es que vivir con inseguridad es como tener un trabajo precario, una pareja que no sabe lo que quiere y una vivienda de alquiler en España: con la zozobra diaria acechando cada día en el quicio de la puerta. O aún peor, porque a fin de cuentas, puedes cambiar de trabajo, de pareja o de vivienda, pero no de cerebro. No obstante, que no cunda el desánimo. La seguridad externa no siempre depende uno mismo, pero la interna, sí.
Construir un puerto seguro empieza por distinguir lo mío de lo demás. El primer escollo que nos encontramos desde la inseguridad es que lo mío suele estar muy poco claro. Entonces, miro lo de los demás, que seguro que lo saben mejor. ¿La gente segura no consulta? Sí, claro que consulta, pero consulta a pocos y selectos.
En cambio, el inseguro consulta a todos: los amigos, los conocidos, la adivina del tarot, el chatgpt, el portero de la urba y los parpadeos de la estrella Orión. Escucha indistintamente a competentes e incompetentes y pretende que su cosmovisión se componga de teselas de información ajena, importando la cantidad por encima de la calidad.
Esto lleva a una mayor confusión y por ende, a una inseguridad más generalizada. La premisa del inseguro es evitar a toda cosa el ensayo y el error, y la cura, es precisamente lo contrario. Puede ser muy útil ser consciente de que la sociedad, la masa o el público (por ponerle nombres reconocibles) no es un dechado de brillante sabiduría objetiva. No tiene sentido delegar cosas importantes de tu vida en los pareceres de gente que:
- No sabe ni qué hacer con la suya.
- No necesariamente tiene más conocimiento que tú.
- No necesariamente son sinceros y objetivos en su opiniones.
- Prefieren evitar un conflicto contigo a decirte la verdad.
- O tienen las mismas inseguridades y problemas que tampoco están resolviendo.
Y sí, básicamente la gran mayoría de las personas con las que te trates se van a mover en esos parámetros. Puedes amarlos, entenderlos, compartir, desahogarte: pero no los idealices.
Así que aceptado – con cierto vértigo- que igual todo ese mogollón al que preguntas no es exactamente un comité de expertos, sino seres humanos con sus luchas, historias, necesidad de aprobación y conflictos internos propios, quedan el atemorizante camino de aprender mediante el citado ensayo y error, que es lo único que te dará la seguridad que buscas.
En resumen: probar a ver qué pasa con esa pareja en lugar de hacerle la auditoría, hablar con ese compañero de trabajo que está raro contigo, vestirte y arreglarte como tú te veas bien, y asumir que hagas lo que hagas, no hay ni una sola cosa que le parecerá bien a todo el mundo.
Otro factor esencial para moverse con mayor seguridad es comprender que las personas no están tan centralizadas en ti y en tus asuntos como puedes percibir. Una amiga mía, que estaba hecha polvo con un postparto difícil, me preguntó una vez cómo hacer para que los comentarios impertinentes de la gente sobre la crianza no le afectasen. Yo pienso que es normal que te puedan afectar cosas que te dicen otras personas y más si estás en un estado emocional un poco delicado como era el caso.
No obstante, no hay que darles ni más tiempo, ni más energía, de lo que el otro le haya dedicado después de soltar la opinología de turno. ¿Tú crees que el sujeto o sujeta se ha ido a su casa dándole vueltas a tu crianza, a tus problemas o a tus asuntos? No, se ha olvidado según ha salido de la conversación. A casi todo el mundo lo que les preocupa es como llegar a fin de mes o conseguir que su primogénito estudie, no les va la vida en que tu niño tome teta o biberón. Dales tanta relevancia al comentario de turno como se la dan ellos: ninguna.
Ganar seguridad no sólo depende de estos dos factores. Pero sí es sustancialmente importante exponerse a experiencias donde uno pueda ponerse a prueba en lo que le resulta dudoso, sin la trampa o el trampolín del filtro ajeno. Hacerlo nos lleva a saber más de nosotros mismos, lo que nos vale y lo que no de verdad.
A veces, también hay que finalizar nuestros asuntos pendientes con esa crisis identitaria de la adolescencia y forjar nuestra personalidad adulta en oposición ya no a los padres, ni a los amiguetes, sino a lo que creemos saber sobre nosotros mismos.
Hay muchas películas – si me acuerdo, ya os pondré alguna en cine-coaching- que retratan personajes mayores que de repente tiran por la borda el qué dirán de toda su vida y protagonizan radicales salidas de la zona de confort en las que se redescubren y se reafirman. Me parece una forma estupenda de ficcionalizar la conquista de la seguridad, aunque en la vida real no es tan peliculera y no está exenta de escollos y descertezas, como cualquier viaje valiente.
Ser seguro no va de vestir bien y caminar con tanto estilo como Tommy Shelby: es tener un núcleo que resista a los avatares, es preguntar menos al mundo y más a uno mismo y saber escoger bien las compañías que queremos que nos apuntalen cuando tenemos dudas.
Y finalmente, es algo todavía más importante: descubrir que cuando eres tu propia morada, se acabó el todo vale.
¡Suerte con ello!
Debemos planificar para la libertad, y no sólo para la seguridad; y por ninguna otra razón más que la libertad es lo único que puede asegurar la seguridad (Karl R. Popper)
Nota: ninguna persona o gatito han sido consultados durante la elaboración de este artículo.