felipe

No sé poner los límites. He oído una y otra vez esta frase en boca de hombres y mujeres que se sienten perdidos cuando se trata de negociar con sus parejas. ¿Cuál es la consecuencia de ceder siempre? Frustración, rabia contra uno mismo y contra la pareja y finalmente, el desamor.

Cada vez que nos callamos ante algo que nos remueve o nos hace sentir mal, cada vez que aceptamos actitudes o palabras que nos duelen y permitimos además que vuelvan a producirse, hemos abandonado la casa de nuestras emociones y nos hemos ido a mudar al ático de nuestra cabeza. ¿Resultado? Lo que pensamos está cada vez más desconectado de lo que sentimos. Acabamos en relaciones donde nos sentimos estafados, creyendo que aguantando y callando todo debería ir bien, cuando estamos fomentando la incomunación y la autoagresión emocional.

Y boicoteando la relación una y otra vez.

Si no sabes poner límites, ante una situación que nos afecta negativamente, reaccionaremos con victimismo. Nos bloquearemos, agacharemos la cabeza y construiremos una fortaleza con nuestro malestar.

¿Qué te pasa, cariño?

– Nada.

Hasta que la nada se convierte en un alud que lo arrasa todo, de golpe y sin avisar.

¿Por qué no ponemos límites? Tragar con lo que no nos gusta aún a costa de nuestra salud emocional, es una manifestación de nuestro miedo a perder aquello de lo que dependemos afectivamente. Y sin embargo, no expresarte abiertamente ni poder ser tú mismo/a con tu pareja, es uno de los métodos más efectivos para sabotear tu relación.

 ¿Cómo aprender a poner límites?

1) La delgada línea entre sumiso y susceptible: ni es sano anularse para que el otro esté contento, ni es buena señal saltar a la mínima de cambio porque todo lo que hace nuestra pareja nos molesta. El término medio no es, ni nunca será, perfecto, pero si estás en uno de ambos extremos, reflexiona: algo está fallando.

2) Escúchate: cuando algo que haga o diga tu pareja te provoque malestar y no sepas reaccionar, toma nota mental. No para apuntarlo en una imaginaria libretita de rencores para soltar la bomba el día menos esperado, sino para registrar lo que sientes (ira, angustia, miedo). No lo minimices, no lo justifiques. Si te hizo sentir mal, para ti, está mal y tus emociones no mienten. Hazles caso.

3) Las cosas claras: reaccionar a una afrenta con agresividad, o desapareciendo, o callándote, o soltando indirectas no te va a reportar ningún alivio. Prueba, en cambio a expresar en ese momento el sentimiento que te ha provocado la acción. Por ejemplo: tu pareja critica constantemente a tu familia y tú reaccionas a la defensiva, o contra-criticas a la suya. ¿Por qué no pruebas a decirle que te hace sentir mal que lo haga?.

4) Ser flexible como un junco, no tieso como un ciprés, aconseja el Talmud. Adaptarse no significa romperse. Y poner límites es un ejercicio que no debería incluir enormes dispendios de energía o luchas sin cuartel. Si la otra persona nos maltrata, nos falta al respeto, o nos agrede de alguna manera, ha llegado el momento de dejar las negociaciones y tomar decisiones.

5) Tus principios son innegociables: la mejor manera de poner límites es saber bien lo que se quiere. Si estás indeciso/a, si estás a verlas venir, te estás colocando en un rol pasivo que permitirá que te lleven a donde los demás quieran. Empieza por decidir qué es negociable y qué no es negociable en tu relación y sé coherente con ello. Como decía el filósofo Kierkegaard me siento como si fuera una pieza en una partida de ajedrez, cuando mi oponente me indica: esa pieza no puede ser movida.