Querido diario:

Ayer una persona me dice por whatsapp que desde que empezó el confinamiento…

Lo que más echo de menos es follar.

Nos reímos. Me pregunta si es normal. Yo digo que no lo sé. Pero que seguramente sea tan normal como comprar un montón de papel higiénico que no se necesita o comer tres dientes de ajo al día porque lo has leído en una página cualquiera de internet.

Llevamos 5 días de encierro oficial en Madrid. Al inicio, me despertaba por la mañana desubicada. Como un robot al que le hubieran desprogramado súbitamente. Abría los ojos como si estuviera en otro planeta.

Al principio de una situación que uno no elige, viene la negación. Gente que se escabulle, jugando con los límites del confinamiento. Todos estamos conectados obsesivamente al whatsapp, a internet, intentando sobrellenar de ruido cibernético ese silencio opresivo que gobierna las calles. La carga de información es apabullante.

Poco a poco, se van estableciendo las rutinas de la cuarentena. El día se desenrolla con languidez entre clases virtuales, teletrabajo, deberes indoor, juegos o limpiezas generales. A las 20:00, religiosamente, salimos al balcón a aplaudir y a recordarnos los unos a los otros que seguimos por ahí. De vez en cuando, por mi calle, pasa un furgón de la Guardia Civil para recordarnos que estamos en una emergencia sanitaria grave y no se puede permanecer fuera salvo para lo imprescindible. Hay unas pocas personas con mascarilla, que pasean al perro o acuden al Mercadona. En mi casa, el privilegio de ir a por el pan es el más disputado de la casa, seguido inmediatamente por el de bajar la basura.

Ayer tomé la decisión de ir desconectando los medios poco a poco. He atravesado mi fase de negación. Quiero permanecer con los cinco sentidos puestos en el tiempo y el lugar en los que estoy viviendo. Quiero que mis emociones permanezcan conectadas a todo. Quiero vida en primer plano y en tiempo real.

Me estoy cuidando. Como lo que realmente necesito comer, evito las porquerías, hago ejercicio una hora al día, leo un rato por las noches.

A mí me apetece pensar. Para muchas personas, el hecho de pensar equivale a obsesionarse, rayarse o perder el tiempo, pero en realidad, pensar es como follar. Algo muy placentero si se hace bien. Se trata de moverse en el nivel de pensamiento adecuado: sin embargo, esto no es posible si no me vacío de todos estos estímulos externos que me llevan mentalmente a lugares donde ahora no puedo estar.

Pensar profundamente me aleja del miedo y del deseo. Me hace regresar plácidamente a un mundo sin nombres en lo que todo nace de nuevo, una y otra vez, cada día a la luz del sol.

Hoy estaba mirando por la ventana. Un viejo placer reencontrado en estos días tan extraños. Había una paloma posada en la rama de un árbol. Os juro que estaba observando a su alrededor con cara de complacencia.

Recuerdo esa escena de 12 Monos, preciosa, en la que los animales corren sueltos por las calles mientras la humanidad permanece recluida bajo tierra por una pandemia. Imagino ver este mundo de ahora con los ojos de mi paloma. Sin follones, sin coches, sin personas molestando. Debe estar en la gloria, la muy cabrona.

También he visto un petirrojo. Esto ha sido curioso. Los petirrojos aparecen muy de tanto en tanto en mi vida y siempre que ocurre, coincide con un proceso importante.

Este proceso empezó hace mucho tiempo. Estoy asistiendo a su final.

Ver al petirrojo me produce una inefable alegría.

Creo que nos queda un buen tiempo recluidos en casa. Me escriben algunas personas para pedirme que dé consejos para sobrellevarlo. Yo nada más digo que intenten buscar lo que mejor les siente al cuerpo y a la cabeza, que no tiene que ser lo mismo para todos.

Este diario es parte de mi propio proceso. No es un artículo al uso, no contiene soluciones o claves, no es coaching, ni psicología, ni filosofía. Es mi propia terapia.

Eso es todo por hoy, lectores. Nos vemos en los balcones.

Seguiremos próximamente….

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