Yo intentando entender el plan de desconfinamiento del gobierno.

Querido diario,

Nuestro bienamado gobierno ha publicado su extraño plan en fases de desescalada del confinamiento. A la espera de que llegue algún experto en código Enigma para descifrarlo, lo más importante que puedo adelantar es que nuestros bienamados dirigentes han tenido en cuenta nuestras más urgentes necesidades y han dispuesto que lo primero que se abra sean las peluquerías.

Pero esto lo sé no gracias al incomprensible calendario que circula por ahí, sino porque esta mañana me ha escrito mi peluquera para confirmar que sigo viva (y con pelo, que es lo que más le interesa) y que pronto estarán abiertos para remediar los estragos capilares que hayamos sufrido durante la cuarentena. Esto me hace tomar consciencia, así como de golpe, de que realmente el confinamiento se está terminando y la vida va a echar a rodar de nuevo.

En las redes sociales, desde las cuales sigo a muchos establecimientos de mi entorno, soplan también los vientos del cambio: después de un mes y pico con todo parado, locales cerrados, transportes públicos circulando vacíos, personas encerradas en casa y apiladitas como cerillas en sus cajas, todo empieza a despertarse y desperezarse, como un oso pardo después de una larga hibernación en su cueva.

Una publicación de mi pastelería favorita me recuerda que pronto estarán disponibles sus bollitos más emblemáticos y también que mi último desayuno ahí fue con mi amiga Mónica, quemándonos con el sol invernal y bromeando con el camarero. Yo entonces era feliz y además lo sabía, que es casi lo más importante de todo.

Nos desconfinan, pues. Es una noticia que despierta muchas ganas y también muchos miedos. Pero lo cierto es que hay que vivir. Vivir con el coronavirus, como se conviven en el mundo con guerras, hambrunas y otras grandes enfermedades humanas que tampoco se han erradicado y que no son menos importantes por no pillarnos de cerca. Que nadie pierda el norte, o mejor dicho, el sur, que es donde suceden muchas de estas verdaderas pandemias que castigan a los seres humanos más desfavorecidos del planeta. Que no somos nosotros.

En fin. Que nos desconfinan para lanzarnos a un mundo que va a ser el mismo y distinto, todo al mismo tiempo. Llevaremos mascarillas un tiempo y no nos acercaremos mucho a gente que no sea de confianza aunque estén sanos; y a la gente de confianza sí nos acercaremos, pensando inocentemente que por quererlos mucho, no tendrán bicho. Sí, es ilógico. Sí, lo haremos igual.

Confieso aquí en la intimidad, que la idea de salir me deja extrañamente indiferente.

Me siguen apeteciendo mis planes veraniegos, volver al campo y retomar algún curso que se paró de pronto; y hacer deporte fuera de mi casa y llevar a mi hijo al parque con sus mini-coleguitas. Pero también me gusta esta vida donde los horarios no los marca el mundo exterior, en la que ya no existe ese afán de consumir, en la que el tiempo se desenvuelve tranquilo, sin prisas, ni ansiedades. Con sus limitaciones, es una vida sencilla y agradable que no exige más que ser persona y ejercer como tal. Que es algo que nos tiramos toda la vida intentando aprender a través de mil cursos, clases y terapias para descubrir que la mejor manera de encontrarse a uno mismo es que te cierren los bares y te encierren en casa un mes.

Nada como la experiencia empírica, sin duda.

Ayer un colega de profesión me preguntaba qué tal llevaba el confinamiento y le dije la verdad: que bien. Que era feliz fuera y también he sido feliz dentro. También he vivido en otras épocas la situación totalmente contraria. Que era infeliz sin salir y sin planes, pero que cuando tenía planes y cosas para hacer, también era infeliz. Queda claro que lo de estar bien es como la procesión, que va por dentro. Pero nunca pensé que iba a poder comprobarlo de esta manera tan aplastante.

Y hablando del desconfinamiento y los negocios locales, se está difundiendo por ahí una serie de mensajes para animar a la gente a que, cuando salga y por fin abran todo de nuevo, compre en los comercios de barrio para ayudarles a reconstruirse después del parón del coronavirus. Por aquí hago eco de esta información para recordar que no sólo estaríamos ayudando a muchos autónomos que lo van a necesitar en estos tiempos, sino que fomentamos la prosperidad del entorno en el que vivimos, hacemos comunidad y además contribuimos a construir los primeros ladrillos de una posible economía solidaria y sostenible. Como decía aquella canción de Los Secretos: ayúdame y te habré ayudado.

También recomiendo seguir comprando en Zara, porque Amancio nos es más útil en una crisis, que nuestro propio presidente.

Hoy aplaudo (mentalmente, porque sigo de huelga aplausil) por todas las personas que vuelven estos próximos días a reabrir sus negocios con todas las ganas y los miedos del mundo.

Nos vemos en las peluquerías.

Continuará…