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¿Se puede superar una infidelidad al 100%? ¿Cuánto tiempo se necesita? ¿Cómo debería proceder? ¿Puede perdonarse del todo?

 El dolor de una infidelidad, en muchas ocasiones, puede ser  tan intenso y desgarrador como el de una ruptura. De hecho, en cierto modo es una ruptura. Una ruptura en la que lo que se rompe es la imagen de la persona que tenemos al lado, nuestra confianza en ella y nuestra propia percepción de la relación. En muchas ocasiones, incluso existe un periodo de duelo con todas sus etapas: negación, ira, dolor, negociación, aceptación…

Cuando descubrimos o nos cuentan la infidelidad, entramos en shock. Entra en conflicto lo que estamos sabiendo y la imagen que teníamos de la persona que estaba a nuestro lado. Nuestra mente va hacia adelante y hacia atrás, tratando de conciliar dos realidades aparentemente contradictorias. Me quiere, pero me engaña, quiere que sigamos juntos pero ha estado con otro u otra…

Las opciones a seguir a partir de esta situación, son diversas. Hoy vamos a tratar sobre qué ocurre cuando se decide continuar con la relación.

A menudo escucho lo fácil sería romper y tirarlo todo por la borda. No nos equivoquemos.  Romper una relación implica cambiar toda tu vida, deshacer tu proyecto de vida y tu statu quo, romper implica pasar otro duelo más y empezar de cero, romper añade dolor al sufrimiento, en definitiva, romper nunca es lo fácil, ni seguir adelante después de unos cuernos, tampoco. Si decidimos continuar, lo hacemos porque para nosotros es la opción más llevadera, no porque nos apetezca sufrir más.

Lo que sucede con un engaño, es que toca dos de la fibras más íntimas y más sensibles de un ser humano: el ego y el miedo al abandono. De repente, esa casita cómoda y segura que contenía tu vida, se descubre precaria y frágil. De repente, esa persona con la que te unía un sentir, una pertenencia, se convierte en un desconocido. Si el engaño se ha realizado de forma repetida, con una relación paralela y manteniéndose a lo largo del tiempo, es aún más impactante. No sólo se ha cometido la infidelidad, además se ha perpetrado premeditación, alevosía y repetición de la jugada. En el comportamiento del otro ves una falta de empatía, una frialdad e incluso una psicopatía inconcebibles. Los daños son de pronóstico reservado.

Escuchamos diversos argumentos que no entendemos o que no alcanzan el epicentro de nuestro dolor para aliviarlo. Quien es infiel, normalmente niega todo lo que pueda negarse o lo suaviza, porque en primer lugar busca minimizar el daño y en segundo lugar, sabe que de ello puede depender la continuidad de la relación de pareja de la que no desean prescindir. Entre las justificaciones más comunes que pueden verse:

  • Sólo coqueteamos, nunca tuvimos sexo.
  • Tuvimos sexo, pero casi me obligaron.
  • Él o ella ni siquiera me gustan.
  • Estábamos en crisis.
  • Estaba deprimido/a.
  • No me hacías caso.
  • Quería vivir nuevas experiencias.
  • Tenía la autoestima baja y quería demostrarme a mí mismo/a que podía gustarle a alguien más.
  • No sé porqué lo hice (quizás la más honesta). 

Cuando estamos lidiando con la infidelidad, todo resulta muy caótico. No sabemos a quién adjudicar la responsabilidad del desaguisado, si a la tercera persona en cuestión o a nuestra pareja. La cabeza divaga incansablemente buscando culpables, como el CSI en un crimen. Esperamos de nuestra pareja una composición de explicaciones y excusas que consigan encajar el puzzle, pero no lo encontramos. En ese momento no lo sabemos, pero a los dos nos hace falta tiempo: para hacer introspección, para entender, entenderse y entendernos. Estamos intentando obtener en el presente una capacidad de reflexión y análisis que probablemente no tenemos ninguno de los dos en estos momentos.

La pelota va desde el ¿cómo has podido hacerme esto? y el ¿es que acaso no te daba lo que necesitabas?. Con un ligero toque de con todo lo que yo he hecho por ti y así me lo pagas.

Nos lanzamos a la caza del porqué como si el saberlo fuera a acabar con el dolor y cuanto más sabemos, más puertas al dolor estamos abriendo. 

Preguntamos a quien nos engañó, cómo, porqué, cuándo, cuantas veces, en qué posturas, qué dijo, que sintió.

Nuestro cónyuge nos lo cuenta como el que camina por un campo de minas, mirándonos de reojo para evitar cuidadosamente aquellas palabras que provocarían la explosión mortal.

  Ninguna respuesta nos calma. Sólo nos recuerda que estamos ante alguien extraño lleno de impulsos y deseos que ni sospechábamos que existiesen.

Nuestro ego lastimado, entonces, empieza con las comparaciones odiosas. El amante o la amante se han convertido en nuestro rival, un rival ideal, inalcanzable, contra el cual debemos competir y al cual debemos vencer.

Nos arreglamos, nos ponemos más guapos y follamos como si no hubiera un mañana. 

Hacemos cosas que siempre queríamos hacer y no hacíamos por pereza.

Al mismo tiempo, encontramos mil y un maneras, sutiles o no, de denigrar al enemigo invisible. Todos aquellos detalles que nuestra pareja nos contó para aplacarnos, ahora se convierte en armas arrojadizas contra el fantasma del otro.

Debe ser un tío muy flojo…¿no aguantó más de 10 minutos?

¿Sólo tiene 32 años? Pues parece más mayor?

Nuestra voz adquiere inflexión de arpía. Sálvame Deluxe en versión despecho.

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Después de la caza y captura de culpables y la reconciliación pasional, empieza la parte difícil. Consiste en aceptar que, como decía Borges, enamorarse es crear una religión que tiene un Dios falible. Y afrontar una seguridad mucho menos segura que antes.

Es casi imposible superar una infidelidad sin reestructurar nuestras creencias y esquemas mentales. Muchas veces se comete el error (muy normal y muy humano) de intentar volver atrás, intentar regresar a la relación que se tenía antes. Y digo que es un error, porque nuestro vínculo ha emitido una voz de alarma muy grave e ignorarla para hacer como si no hubiera pasado nada, muchas veces destruye la oportunidad de reconstruirlo.

Reprogramar parte de nuestras ideas para adaptarnos a una nueva visión de la pareja y de la relación exige tiempo, mucha comunicación y un verdadero propósito de enmienda por AMBAS partes. Exige reconocer que nada en esta vida, por muy sólido que parezca, es inamovible o incuestionable. Exige re-confiar (e intentar reprimir las ganas de controlar obsesivamente el móvil, los horarios o las conversaciones de la otra persona). Exige enterrar muchos mitos del amor romántico, aceptar que la libido y el corazón a veces siguen caminos inescrutables.

Y por último, exige mirar con nuevos ojos a nuestra pareja, reconociendo que es alguien distinto a nosotros y que está, por tanto, sujeto a cambios y evoluciones que no siempre podemos preveer o compartir.

Es importante asumir que la infidelidad siempre es un camino que ha tomado la persona que la cometió. Por ello, da igual el control que ejerzamos, las advertencias que lancemos o las amenazas que insinuemos. Cuando una persona es infiel, los motivos que le mueven son estrictamente individuales e individualistas. No existe ningún problema en pareja para el cual la infidelidad sea una solución (o la única solución).

Quién quiera ser infiel, será infiel.

Quién no quiera ser infiel, no lo será.

Y ya está. 

Cuando una persona es infiel, por lo general sus sentimientos y pensamientos son un mejunje de excitación, miedo, culpa, adrenalina, más culpa, más miedo, placer, ilusión y finalmente, todavía más culpa.

Si pudiéramos reproducir el contenido de su mente en un mp3, probablemente escucharíamos cosas como:

Mi pareja es muy buena persona, no merece esto. Pero cada vez que veo a fulanito/a, siento que toco el cielo con las manos. No soy capaz de renunciar a esta felicidad. Debería contárselo a mi pareja. ¿Y si le pierdo? Le haría un daño terrible. ¿De verdad es tan malo tener estos ratitos que me hacen tan feliz? 

Nuestro mp3 sería bien distinto.

No me puedo creer que me haya hecho esto. ¿Cómo ha podido mentirme? ¿De verdad merezco esto? No debo valer nada para él/ella. Me ha destrozado. Le amo con locura. No quiero dejarlo pero no puedo soportar que pueda irse con alguien más. Le odio.

Seguir adelante viniendo de dos conceptos tan distintos implica en asumir que se ha roto un pacto, hay un daño y vamos a intentar arreglar ese daño como buenamente podamos. Y no hay más misterios profundos e inasequibles al respecto.

Si el tercero en discordia (o concordia, según se mire), era más guapo, más majo, la tenía más grande o le daba más vidilla, no es asunto en el que necesitemos detenernos o con el que debamos fustigarnos. Somos únicos, para bien o para bien y tiene tan poco sentido compararnos, como comparar un conejo con un zapato. Y seas conejo o zapato, si te quieren, te quieren a ti: con tus manías, tus gustos, tus valores, lo que transmites y lo que significas. Repito: retírate, esto no es una competición. Tampoco tienes que ser lo más mejor en todo para que no te pongan los cuernos. Sí, sé que si lo racionalizas, ya lo sabes, pero tu ego te come vivo. Déjale estar si necesita estar, pero no confundas tu ego con tú mismo/a.

No hay perdón o superación, sin recuperar tu autoestima. Desde tu amor propio decides continuar tu relación porque sigues creyendo que te aporta más de lo que te ha restado. Y ya está. Cualquier otra reformulación, desde la resignación, desde el sacrificio o desde la dependencia emocional, está destinada a enquistar el resentimiento. El perdón implica soltar, desprenderse, mirar más allá, es una forma de amar y sin amor, no puede efectuarse.

Ante la infidelidad, es difícil mantener la cabeza fría. Las personas ansían explicaciones, porque necesitan entender. No hay mucho que entender. Como en aquel precioso poema de Walt Whitman, cada uno de nosotros, somos multitudes. 

Por supuesto, de nuestra pareja hemos de esperar compromiso, lealtad, ganas y propósito de enmienda. Sin esta actitud, es inviable una reconciliación y además es indicativo de desamor y futuros nuevos cuernos. Hablando en plata: quien comete la infidelidad se lo tiene que currar mucho. Esperemos ese mínimo para proceder.

La cuestión es si somos capaces de perdonar los fallos de los demás como perdonaríamos los propios. ¿Cómo se supera una infidelidad? 

Escuchando, intentando ponerse en el lugar del otro tal y como deseamos que el otro se ponga en nuestro lugar; revisando nuestros conceptos del amor, de la pareja y de la lealtad. Planteándonos que necesitamos nosotros de la relación y no sólo lo que necesita la relación de nosotros.

Estableciendo prioridades y reestructurando ideas. Por supuesto, abrazando el cambio y asumiendo que no somos el centro de la vida de nadie, salvo de la nuestra.

Y finalmente, dándonos permiso para dolernos, decepcionarnos, entrar en crisis, llorar, rabiar, desahogarnos y renacer para amar de nuevo, a nuestra pareja, a nosotros mismos.

El delito de los que nos engañan no está en el engaño, sino en que ya no nos dejan soñar que no nos engañarán nunca (Víctor Ruiz Iriarte)

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