Querido diario:

Hoy han anunciado un día más sin nuevos contagios en Wuhan, el lugar donde empezó todo esto del coronavirus, y algunos medios nacionales e internacionales lo cuentan con esta fotografía.

Y digo que lo cuentan porque a veces, una imagen dice más que mil palabras, y eso es lo que sucede con este Abrazo de Wuhan.

Al parecer, dicen que los los médicos ya no tienen que llevar mascarilla y muchos de ellos, desplazados por la epidemia, están empezando a regresar a sus casas. Nunca un ya no necesitamos vuestros servicios debió ser tan bien recibido.

Este abrazo no sólo significa alivio, alegría, esperanza para todos los demás países que esperamos a la cola. También lleva consigo el agotamiento, las noches sin dormir, el miedo, el confinamiento de un país, la incertidumbre de lo que pasará después, todas las pérdidas que han acontecido en el transcurso de la batalla.

Es un abrazo entre dos personas, pero es un abrazo entre millones.

Si nos ponemos técnicos, podemos decir que los abrazos son muy buenos porque liberan oxitocina, que es una hormona cojonuda que nos genera un montón de bienestar físico y emocional. Pero no siendo tan técnicos, abrazar es, sobre todo, poder decir algo que uno no se atreve a contar en ningún otro lenguaje. No tengo un lenguaje para describir todo lo que contiene el Abrazo de Wuhan, pero al menos sé una cosa: es el abrazo que más deseo dar en estos momentos.

Empiezo la mañana con esta imagen y se me saltan las lágrimas. Es alegría por ellos, allá en China, que han vivido su propio infierno y que están, por fin, viendo la luz.

Es emoción, porque hoy #todossomoswuhan.

Es asombro porque cada vez me doy más cuenta de que todo esto formará parte de la crónica de la Historia.

Es ilusión porque sé que con el Abrazo de Wuhan, hoy empieza todo.

Y de lo global, pasamos a lo particular.

En mi pequeño universo cuarentenil, las cosas discurren tranquilas. Hoy es el primer día oficial de la primavera, aunque no se nota demasiado, porque hace un perfecto tiempo de otoño. Llueve de forma pertinaz y el parque sin gente se ve extrañamente fantasmagórico. El forzado retiro y la pausa de la frenética actividad cotidiana, están empezando a convertirse progresivamente en la nueva normalidad. He comido tranquila, recordando que hasta hace una semana, solía engullir el alimento a toda velocidad y sin percibir el sabores o texturas.

Por primera vez en mucho tiempo, he disfrutado verdaderamente del acto de comer.

Voy encontrando pedacitos de esa nueva consciencia unas cuantas veces al día. Veo el árbol de mi ventana, cuyas hojas amarillentas relumbran con matices dorados cuando cae la luz del atardecer. Noto el lento despertar de mi cuerpo, de mis percepciones. Sigo leyendo y escuchando música. Descanso abrazada a mi hijo, oliendo su pelo suave, notando el tacto perfecto de su manita en torno a mi dedo. No tenemos adónde ir, no tenemos que salir corriendo a ninguna parte. A veces nos tiramos así, una hora, encadenando cuentos cada vez más enrevesados, en los que el poderoso T-Rex consigue vencer a diversas manifestaciones de malvados Coronavirus. Cuando salga de aquí, voy a escribir una saga que ríete tú de Godzilla.

Como los peces en la laguna de Venecia, la vida va regresando lenta y poderosamente a nosotros. Nos regeneramos en el silencio, nos limpiamos en la soledad. Cuando salgamos de aquí, muchos lo habrán olvidado. Pero bastará con que suficientes lo recuerden y el mundo tendrá una verdadera nueva oportunidad.

Después de la tormenta, viene la calma, y hoy me siento en paz, buscando con la curiosidad de un recién nacido, esas pepitas de oro en la batea de mi nueva consciencia.

El ser humano siempre se halla en perpetuo conflicto entre la búsqueda de la felicidad o la búsqueda de la seguridad (eso nosotros, que somos unos afortunados. Hay lugares donde la gente no tiene más elección que la mera supervivencia).

Sólo en este tipo de crisis, cuando se nos pone en la cara la realidad de que nuestra absurda y enloquecida carrera por poseer no sé qué cosas no lleva más que a la deficiencia energética y a la enfermedad moral, emocional y física a nivel planetario, nos planteamos en serio que hay otros caminos y vidas posibles. Sea ésta la lección más importante que nos deja esta historia y sean auténticos revolucionarios los que sepan llevarla hasta sus últimas consecuencias. 

Me gustaría enviaros un abrazo largo, lento y tan poderoso como la vida que retorna, tan sanador como el Abrazo de Wuhan.

Deje su indócil rareza

tu numen desolador,

que en el drama inmolador

de nuestros mudos abrazos

yo te abriré con mis brazos

un paréntesis de amor.

Seguimos aplaudiendo. Seguimos viéndonos en los balcones.

Continuará…