Querido diario,

Acabo de encender la televisión y lo primero que ha salido es un señor diciendo: un día menos. Así que hoy empiezo así el diario, que es mucho más gratificante que contar un día más.

Esta mañana, después de una noche especialmente densa, me ha despertado con cierta sorpresa al escuchar un ruido de tráfico en la calle, al que ya no estaba acostumbrada. Me asomé a la ventana, pensando que igual es que llevaba una semana durmiendo y ya se había acabado el confinamiento y lo que vi me dejó perpleja: un montón de gente por la calle caminando hipnóticamente, como una horda de zombis en una película de George A. Romero, y cargados con bolsas y carritos, todos hacia el mismo destino: el Mercadona. También había coches. Muchos coches. Y pocos paseantes de perros.

¿Qué diablos estaba pasando?

Entonces ¡caí en la cuenta! Ayer y anteayer fueron días festivos y la gente lleva DOS DÍAS SIN IR A LA COMPRA.

Imaginaos el panorama: familias enteras reunidas en casa todo el santo (y tan santo) día, viendo la enésima serie de Netflix y ejercitándose en el noble deporte del nevering de alta frecuencia. Ha llegado el sábado y sólo quedan latas de atún y paquetes de espaguetis, que -la verdad- nunca apetecen demasiado, salvo cuando estás de Erasmus y es lo único que sabes cocinar.

Elemental, querido Watson: la gente va corriendo a aprovisionarse de bienes de primera necesidad, como vino y patatas fritas. Y de paso a salir un rato, porque la compra del súper es el Lexatin de la cuarentena. Y lo sabes.

Hablando de comidas. Uno de los peores efectos colaterales de tener a todos los vecinos recluidos en casa y no comiendo fuera todos los días, es que ahora cocinan. Y eso no sería un problema, si no fuera porque tenemos una familia (sí, vosotros, los del primero), que tiene una extraña querencia por la comida olorosa. Hoy han hecho coliflor. No es que lo sepa porque su aroma haya invadido el rellano, que también. Lo sé porque de alguna manera esa intensa peste ha logrado subir dos pisos e introducirse subrepticiamente por debajo de mi puerta para inundar mi propia casa. La semana pasada perpetraron un brócoli y una escalada de platos a cada cual más intenso y apestoso que todavía no he logrado identificar, ni superar. Esto es peor que vivir encima de un mercado hindú.

En otro orden de cosas, ha sido la Semana Santa más rara de mi vida. Ni procesiones, ni nazarenos, ni penitentes, ni siquiera una triste iglesia operativa para ir en caso de tener alguna emergencia espiritual. Eso sí, siguen conservándose las tradiciones realmente importantes: lluvia, torrijas y películas de romanos. Aquí en casa, hemos intentado explicarle al niño el concepto de Semana Santa y de procesión, pero tras una hora explicándole que había que vestirse de nazareno, sólo ha consentido vestirse de tiranosaurio (o como diría él en su perfecto inglés de Oxford: TCHI-REX) y pasear a Pocoyó encima de una caja de zapatos. A ver si el año que viene conseguimos sustituir el Baby Shark por alguna saeta y hacer la cosa más canónica.

Volviendo al mundo real (aunque a estas alturas ya no sabemos muy bien cuál es el mundo real o el otro), los señores políticos han anunciado otra prórroga más y seguramente después otra más hasta mayo, y la verdad es que me pierdo pensando hasta cuándo vamos a estar aquí, así que desconecto y me voy a por torrijas y a ver si echan Quo Vadis.

Sed bendecidos por cualquier poderosa entidad de vuestra preferencia, ya sea Dios Alá, Buda o Cthulthu.

Nos vemos en los balcones.