Querido diario,

Llevamos 35 días de cuarentena y he empezado a tener sueños muy raros.

Parece paradójico, pero no lo es: nunca he estado tanto tiempo seguido metida en casa, y nunca he dormido tan poco.

Por la noche, me acuesto como un fardo, muerta de sueño, esperando que esta vez sí, sea la definitiva y por fin duerma como una princesa. Y duermo como una princesa, vale: pero he pasado de ser la Bella Durmiente a la princesa del guisante.

Me despierto mil veces cada noche, y me asaltan pensamientos de lo más casuales y absurdos, convirtiéndose en momentáneas obsesiones de las que mi cabeza no puede desprenderse hasta pasado un buen rato. Por poneros un ejemplo: me despierto, me pongo a pensar en una serie de HBO que quería ver pero no he visto y puedo estar dándole vueltas a esa chorrada una buena media hora hasta me consigo quitar la idea de la cabeza y dormirme otra vez.

Pero los sueños son casi peores. Aunque el otro día soñé que era mánager de Rosalía y viajaba en el avión de Con Altura, y eso no estuvo mal. Pero otro día me iba a vivir con mi compañero de trabajo y en un giro final digno de Shyamalan, acababa cargándomelo. He de decir que mi compañero de trabajo es un buen amigo y no le tengo ninguna especie de inquina oculta, ni el menor deseo de matarlo, salvo cuando discutimos sobre semántica.

Sueño cosas raras de narices, pero lo curioso es que no sueño ni con el coronavirus, ni con el confinamiento y me pregunto si no sería más liberador si así fuera.

Luego están los sueños de azúcar. Después de mi reconversión a la vida saludable al empezar la cuarentena, de comer más lechuga que un conejo de campo, de abandonar los pocos vicios que me quedaban y de hacer deporte todos los días, una podría esperar que sus sueños fueran de lo más sanos, agradables y fit. Pero no, el inconsciente se empeña en llevarme al lado oscuro y el otro día pasé una noche especialmente torturada soñando con unas maravillosas galletas de chocolate blanco y negro con base muy crujiente y un delicado sabor a avena industrial y miel que se te deshacía suavemente en la boca.

Cuál no fue mi disgusto cuando me desperté por la mañana y vi que no las vendían en Amazon.

No contento con esto, mi inconsciente volvió a asaltarme a la noche siguiente con la imagen recurrente de unos maravillosos regalices trenzados de cereza y nata. Y luego me acordé también de que existen el chocolate y el dulce de leche, y los alfajores argentinos, y las tartas de queso y todas esas cosas deliciosas que si os digo la verdad, no sé porqué diablos no estoy comiendo.

Os juro que mientras estoy escribiendo esto, me encuentro salivando como el perro de Pavlov. Menos mal que tengo a mis amigas para desahogarme y trazar suntuosos planes futuros en los que algún día conseguiremos salir de casa y lo primero que haremos (después de ir a la peluquería) será pegarnos una orgía gastronómica de pronostic reservé. Igual acabamos en el hospital, pero esperemos que para entonces ya no esté saturado.

Así que ya sabéis: el chocolate era el material del que estaban hechos los sueños.

La necesidad de adoptar una vida totalmente saludable y erradicar viejos hábitos insanos -que es la típica cosa que siempre tienes como buen propósito guardado en alguna parte y luego nunca lo haces- se presentó con arrolladora claridad al inicio de la cuarentena. Luego vi que este impulso fue algo generalizado entre muchas personas conocidas de mi entorno.

Analizándolo con cierta retrospectiva, creo que de alguna manera fue una especie de sistema de defensa contra el miedo. Como no podíamos controlar lo que pasaba ahí fuera, intentamos controlar lo que teníamos dentro. Quizás era más fácil ocuparnos entonces de nuestros cuerpos, que de nuestras cabezas.

Nunca en mi vida me he sentido físicamente mejor.

Pero quiero mis regalices. Un enorme, obsceno, exquisito, montón de regalices.

Nos vemos en los balcones.

Continuará…