Querido diario,

Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy lejana, había una niña que no podía dormir por las noches. Entonces, se levantaba a mirar por la ventana, hacia el cielo nocturno y se hacía las grandes preguntas: ¿de dónde salimos nosotros? ¿por qué estamos aquí? ¿qué hay más allá de las estrellas? ¿podré verlo algún día?

Llevamos 40 días de cuarentena y el trending topic de estos momentos es el hecho de que van a permitir que los niños salgan (de forma muy limitada y controlada) a la calle. Una noticia muy polémica que ha subdividido a las redes entre el modelo profeta apocalíptico (NO SOLTÉIS A LOS NIÑOS O MORIREMOS TODOS), los controladores aéreos (SI VEO A ALGÚN NIÑO DONDE NO DEBE, LLAMARÉ A LA POLICÍA), los padres que no los sacarán, los que estamos deseando sacarlos…En fin, que os voy a decir. Para mí es una alegría y una buena noticia y si tengo algo que decir al respecto, nada más es subrayar la necesidad de ser responsables en estas salidas aunque sólo sea para darles en las narices a todos los que defienden que en cuanto saquemos a los niños de casa, nos dedicaremos a montar orgías en los parques con conciertos de Cantajuegos incluidos.

Y hablando de redes sociales: como termómetro que mide la temperatura emocional de la población confinada, no tiene precio. Las conversaciones y discusiones son cada vez más subiditas de tono y definitivamente hay un buen pollo montado entre la facción Jueces de Balcón y Transgresores Liberales. Hay veces que una sospecha que unos y otros son las mismas personas. Ya se sabe que no hay peor fanático que un converso.

Lo que de verdad saco en claro de todo esto, es que hay mucho miedo. No sé si del virus o de lo que va a venir después. Pero el miedo supura en estas discusiones cada vez más intensas, más en bucle y más acaloradas. Y cuando el miedo sube, las energías bajan. Conclusión: evitemos la tentación de asomarnos a las redes sociales y sus (furiosos) cantos de sirena apocalípticos.

¿Tengo miedo? Lo que estoy viviendo en mi estado de confinamiento ha sido muy cambiante y difícil de definir. Noto algunos cambios: me he vuelto algo más hipocondríaca, por ejemplo. Cuando tengo que salir a la calle, vuelvo con picores psicológicos en la cara y en las manos. Cuando noto algo diferente en mi cuerpo, a veces entro en una especie de bucle donde tengo que reprimir enérgicamente el impulso de meterme en Google a averiguar qué clase de terrible enfermedad mortal puedo estar padeciendo en esos momentos. Entre mis allegados que ya eran hipocondríacos de verdad, también hay dos equipos: el #teamoslodije – que están encantados de la vida viendo como todas sus previsiones catastróficas se han cumplido y ya nadie piensa que están locos y el #teamvamosamorirtodos, que son los que están discutiendo por las redes sociales.

Pero no toda mi hipocondría es psicosomática, y en casa hemos caído con una especie de catarro colectivo horrendo. Me he pasado un par de días con la garganta hecha polvo y más débil que un recién nacido, pero creo que por los síntomas, en general, no es nuestro amigo el Covid-19. En cualquier caso, tal y como está el tema de los test, seguramente tampoco lo sabremos nunca.

Leo y escucho en muchos sitios lo de lo afortunados que éramos antes, todo lo que teníamos y no lo valorábamos, y entonces era feliz y no lo sabía…Comprendo este sentimiento y lo he compartido en algunos momentos de mi vida, pero no ahora.¿Por qué? Porque con los años, la felicidad que se va construyendo es un estado mental. No son momentos. Lo que son momentos son los subidones y los estímulos, pero la felicidad es algo distinto. Es algo así como una mezcla entre templanza, expectativa y misterio. Si has sido feliz, lo has tenido que saber. Y si no lo sabías, no eras feliz, simplemente es que eras menos infeliz de ahora, así que míralo por el lado bueno: lo mejor está por llegar.

Me pregunté al principio de todo esto, si a lo largo de todos estos años trabajando en el mundo de lo emocional conmigo misma y con otras personas, habría aprendido algo, me habría acercado por fin a ese estado de templanza, expectativa y misterio.

Esta es la realidad, sin filtros. Duermo regular. Tengo momentos de ansiedad. A veces, también siento tristeza, una tristeza de despedida, de saber que esto va a dejar atrás el único mundo que he conocido hasta ahora. También se me hace pesado el encierro. Y me frustro. Y me enfado y no respiro.

Pero sí. Ahí está. La templanza. La expectativa. Y el misterio.

Sigo mirando a las estrellas y haciéndome preguntas, aunque ahora son otras. ¿Quiénes seremos después de que acabe todo esto? ¿Cómo viviremos? ¿Será distinto? ¿Podremos verlo algún día?

Mientras todo esto se va dilucidando, yo me acuerdo de aquella escena final de La vida de Brian , y luego pienso los follones del Facebook y de repente, me da la risa.

Always look for the bright side of life!

Nos vemos en los balcones

Continuará…