¿Tienes problemas para controlar tu ira? ¿Sueles soltar lo primero que se te ocurre y arrepentirte después? ¿Sufres la ira de otras personas? Ponte cómodo, que hoy vamos a hablar de ti.

Soberbia, avaricia, envidia, ira, lujuria, gula, pereza. Sin duda, existen unos pecados capitales más simpáticos que otros. Somos definitivamente tolerantes a la gula y a la pereza, por ejemplo. Pero la ira, tal y como ocurre con su asociada, la soberbia, son como las hermanastras malvadas de la Cenicienta: las más insoportables del cuento.

Todos sufrimos los embates de la ira en alguna ocasión. Hay innumerables maneras de gestionarla, pero cuando no sabemos hacerlo, la ira se transforma en rabia y la rabia es un mono con un arma cargada en la mano. No discrimina, no entiende, no razona. Sólo cree en su propia necesidad de herir, porque la ira es una respuesta a una herida. A una herida grande, atemporal, que viene en el código fuente de nuestra psique. De repente, algo roza esa herida. Y saltamos.

De modo que la ira, a pesar de su cara hostil, se encuentra muy cercana al dolor. Sin embargo, cuando una persona se llena de rabia y arremete contra sus semejantes, no sentimos compasión. No es fácil compadecerse de alguien que pierde el control de sí e intenta hacer daño a los demás.

Pero en muchas ocasiones, los ataques de ira son las lágrimas de aquellos que no saben llorar.

No necesitamos suprimir la ira. La ira, como otras emociones propias del ser humano, es necesaria, y si se gestiona con inteligencia, tiene su función y su utilidad. Hay una ira justa, la que nos hace levantarnos contra las injusticias, la desigualdad o el maltrato, contra situaciones que no queremos o debemos consentir. Cuando la ira se maneja de forma productiva, nos permite una de las cosas más sumamente elegantes que podemos aprender en esta vida: a defendernos, sin ofendernos.

Cuando la ira se deja escapar sin control, ni dirección, se convierte en agresividad. Sentimos ira, y como no sabemos defendernos, hablar claro o revindicar nuestros derechos, atacamos ciegamente y sin control, con resultados generalmente desastrosos. La rabia indiscriminada es muy problemática a todos los niveles: tanto en el entorno familiar, sentimental y laboral, como en la salud mental y física. Si lo llevamos al extremo, estar casi de forma constante en un agresivo estado de defensiva contra millones de supuestas ofensas imaginarias, literalmente te destroza el organismo.

¿Qué queremos decir realmente cuando sentimos rabia?

«No sé pedir lo que necesito»

«A menudo hago cosas que no puedo hacer y no sé negarme»

«El mundo debería ser como yo quiero y no como es»

¿Cómo manejar, entonces, la ira, de modo que ni destruya, ni nos destruya? La solución mágica sólo tiene diez letras: A- S- E-R-T-I-V-I-D-A-D. ¿Así de simple? Así de simple. O de complejo.

La maravilla de la asertividad es que nos damos el derecho a expresarnos tal cual sentimos, y somos, sin juzgarnos por ello. Está perfecto si no quieres hacer algo porque va contra tus valores, o te hace sentir mal o simplemente no te apetece en lo más mínimo. Está bien pedir ayuda. Al reconocer estos derechos para nosotros, también se los concedemos a los demás y esto hace que seamos menos proclives a enfadarnos por no ser o sentir lo que nos gustaría o convendría a nosotros.

La primera vez que conocí y entré en contacto con un entorno en el que se practicaba activamente la asertividad como principal forma de comunicación, me resultó algo muy marciano. De repente, me encontraba con un montón de personas que conseguían disentir sin enfadarse, ni arrollarse y que el que se hablaba de todo tipo de emociones y sentimientos con absoluta naturalidad. Era como entrar en una dimensión paralela donde la gente era la misma, pero hablaba en un lenguaje distinto.

Desarrollar la asertividad supone eliminar cosas que llevamos muy apegadas al ego, como el juicio, el prejuicio, la crítica destructiva o la etiqueta moral. Todo un desafío, sin duda. Puede que parezca tan complicado y lejano como perseguir cualquier otro ideal, pero para notar cambios en la manera en la que nos sentimos, simplemente no hace falta más que incorporar prácticas básicas, como las siguientes palabras:

No.

Respeto tu opinión, aunque yo pienso de otra manera.

Lo siento, pero no puedo hacer esto en estos momentos.

Gracias por el ofrecimiento, pero prefiero hacerlo por mí mismo.

¿Podrías ayudarme?

Incorporar expresiones asertivas en nuestra vida cotidiana es relativamente fácil y sencillo. Y sus efectos son rápidos. Una expresión asertiva en realidad nos hace sentir y hace sentir que somos claros, que definimos lo que deseamos y que desde luego, nos respetamos. Es el idioma de la gente que quiere quererse.

Ser asertivo no implica ser una especie de robot emocionalmente plano que nunca reacciona a nada ni con frío, ni con calor. Esta, en todo caso, sería una actitud pasiva, no asertiva y acabaría derivando en esa rabia que estamos intentando aprender a manejar de otra manera. Ser asertivo no es evitar sentir, muy al contrario: es validar la sensibilidad, es validar la tristeza, es validar el miedo, es validar el dolor, y por supuesto, es validar la ira.

Detrás de una persona dominada por la ira, hay una persona perdida de sí misma. El camino para una persona perdida de sí misma, no es tratar de convertir lo de fuera en algo que se ajuste a sus necesidades, miedos o su forma de percibir el mundo. El camino para una persona perdida de sí misma, es volver sobre sus pasos, y hallarse.

Soy la Ira. No tengo padre ni madre y broté de la boca de un león cuando yo apenas tenía media hora de vida. Desde entonces siempre ando por el mundo con esta caja de espadas, hiriéndome a mí mismo cuando no puedo herir a otros.