De “Los miserables” al final de “Los chicos del coro” (o de la importancia de las historias)

Publicado: marzo 3, 2021 de Cristina Lago en Otras reflexiones
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Dicen que la realidad a veces supera a la ficción: pero no hay nada como la ficción para ajustarle las cuentas a la realidad.

La corriente que popularizó la inteligencia emocional y todas sus vertientes es relativamente nueva. Para mi generación y las anteriores, estaban los libros, las canciones y las películas y una parte importante de todo ello construyó la base de muchas educaciones emocionales de antaño, incluida la mía. Recuerdo en especial la primera vez que leí a Victor Hugo, el escritor francés autor de “Nuestra señora de París” (por Quasimodo lo conoceréis) y “Los miserables”. Hugo, cuya vida no fue precisamente un dechado de virtudes, era un escritor profundamente idealista. Se movía literariamente entre la realidad más cruda (en sus obras se repite el retrato de las desigualdades sociales más abyectas) y la espiritualidad, los grandes valores humanos e incluso un punto de ensoñación y fantasía que prestaba alas a la transmisión de unos conceptos extraordinariamente elevados.

Victor Hugo fue uno de aquellos artistas que creía que el arte debía ser algo bello, pero al mismo tiempo, esa belleza tenía que ir vinculada a la denuncia de las injusticias, a la defensa de los que sufren y a movilizar posibles cambios. Rápidamente “Los miserables” conectó conmigo a muy temprana edad y ahí se quedó, como uno de mis libros preferidos. No sé hasta qué punto es responsable de mi propio idealismo, pero sin duda fue un pilar importante en su desarrollo. Siempre que me preguntan a qué personaje de ficción me gustaría parecerme, contesto: a Jean Valjean. No es el personaje más “blanco” de la historia (este puesto quizás pertenecería al obispo que le ayuda a huir de los gendarmes, o a la pobre Fantine), pero es el personaje perfecto para hablar de esas historias que hacen que lo imposible se convierta en posible.

El papel de la ficción en la realidad es múltiple y fascinante. Hay ficciones que nos perturban, hay ficciones que nos fascinan, hay ficciones que nos atrapan, nos hieren o nos hacen recordar. Hay metaficciones y ficciones dentro de ficciones. Y hay ficciones que nos convencen, por unos instantes, de que el mundo puede y debe ser cambiado. Estas historias nos cuentan que, ya que nos hemos arreglado para construir una sociedad en la que la lógica y la razón están condenadas a ser enemigas del ser, el sentir y el corazón, ellas escogen, sabia y rebeldemente, lo segundo.

La importancia de la ficción en nuestras vidas no es baladí y menos aún, en los tiempos que corren. Mientras que la pandemia nos hace seguir añorando viejas normalidades que seguramente no fueran tan relevantes como el mismo momento que estamos viviendo, los aficionados al tema cultural observamos la ingente cantidad de arte que se está desplegando a lo largo y ancho del mundo, desafiando limitaciones y restricciones. Cine rodado íntegramente durante interiores en la cuarentena (como la película de Zendaya, “Malcolm & Marie”), proyectos musicales frescos de artistas que llevaban años estancados, mayor volumen de ventas de libros durante los confinamientos, a pesar del cierre de muchas librerías…

La realidad tiene belleza y tiene relevancia porque existen personas que se detienen a encontrarlas incluso en los panoramas más grises y prosaicos. Son las mismas personas que destilan estas esencias para componer ficciones desde las que sea posible contemplar un mundo más justo, más equilibrado. ¿Fantasía idealista? Puede ser, pero no olvidemos que muchos grandes instigadores de cambios sociales, educativos y económicos -de los que nos beneficiamos todos ahora mismo– fueron grandes idealistas. Y que en su momento, estas ideas que más tarde se convirtieron en hechos, fueron poco más que ficciones pergeñadas por la mente de un soñador al que no le gustaba demasiado lo que veía.

Con esta reflexión me gustaría animaros a creer en vuestras ideas, a poner en práctica las cosas con las que soñéis, a que probéis sin miedo al error, a que hagáis vuestro propio ajuste de cuentas con la realidad que no os guste. En este caos extraño que nos circunda hoy en día, si algo hay que aprender, es a experimentar sin miedo con la vida. Que ésta no se convierta en un discurrir de mediocridad donde no haya cabida para el idealismo.

AVISO: (Y si no habéis visto “Los chicos del coro”, no leáis esto que viene a continuación, van SPOILERS).

Todo esto viene inspirado o más bien, recordado, por el final de “Los chicos del coro”. Fue una película francesa que rompió taquillas con su tierna historia de un profesor que enseña música a un coro de niños en un orfanato.

Al final de la película, el profesor debe marcharse. Uno de los niños pequeños, con los que había trabado una relación más estrecha y paternal, acude corriendo al autobús para pedirle que le lleve consigo. El profesor apela a la razón y le dice al niño que no puede llevarle consigo, que no le está permitido. El autobús se marcha y el niño se queda atrás, mirando con tristeza a ese profesor que ha sido lo más parecido a un padre que ha conocido en su vida y del que ha de despedirse para siempre.

Y entonces el autobús da la vuelta y se detiene. El profesor desciende y recoge al niño en brazos, llevándoselo con él.

Evidentemente, no es posible llevarse a un crío de un orfanato de esta manera y el final de “Los chicos del coro” puede decirse que raya en la pura fantasía, una fantasía que subraya su naturaleza de fábula.

Quizás las ficciones no cambien vidas. Quizás nadie adoptó a un niño, animado por la visión de esta película. Pero estoy segura de que en el corazón de algunos espectadores, lectores u oyentes, cada vez que una historia desafía las reglas para corregir los errores del mundo, nace un idealista.

“Tenían razón; el día que Pepinot abandonó el orfanato, era sábado”

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