
¿Qué es la paz interior? Un concepto bonito y de moda que se proclama a menudo sin tener la menor idea de lo que realmente significa y que va más allá de apartar gente tóxica y meditar 50 minutos al día.
Yo no sé si os pasa a vosotros, pero yo es escuchar lo de paz interior e imaginar a la persona que lo suelta con una túnica blanca, vagando con etérea lentitud en un templo atravesado por rayos de sol cargados de danzantes partículas, con música de anuncio de desodorante.
Y aunque todo suena muy pacífico —al menos estéticamente hablando— la paz interior no consiste en vestirse de una determinada manera o en visitar sitios relajantes y se puede lograr tanto con templos y túnicas como con ropa de trabajo y líos cotidianos.
Al hilo de esto, me permito recordar una anécdota de un viaje a Tailandia con un guía que había sido monje budista, y se reía contándonos los follones y comadreos que había en las comunidades que convivían en los templos. Si les pasa hasta a los practicantes de una filosofía que habla de desapego y zen, imaginaos a los pobres mortales que se enfrentan a divorcios, peleas familiares, crianzas y facturas a fin de mes.
Vamos a desvelar el spoiler de la película: la paz interior es, ni más ni menos, un 10% de circunstancias externas y un 90% de autorregulación.
Y uno de los mayores impedimentos para sentir paz interior es creer que consiste en justo lo contrario: un 10% de autorregulación y un 90% de circunstancias externas.
Lo voy a explicar mejor con uno de esos ejemplos maravillosos de la vida cotidiana. Contaba un amigo mío en una red social que un día estaba conduciendo de camino al trabajo, cuando un accidente provocó uno de esos atascos kilométricos de pronóstico reservado que no sabes si llegarás a destino en media hora, o acabarás trasnochando en uno de esos moteles de carretera con vagas e inquietantes reminiscencias del de Psicosis. Su primer pensamiento – el pensamiento normal en automático – fue voy a llegar tarde.
Este pensamiento le llenó de ansiedad y de la ansiedad pasó a la rabia, al ver que la interminable hilera de coches apenas avanzaba y lo de llegar tarde empezaba a amenazar en convertirse en un no llegar.
Al sentir el malestar que le provocaban ambas sensaciones, tuvo el tino de parar el tren del pensamiento, respirar profundo y poner a trabajar la neurona: no podía hacer nada por acelerar el tráfico, ni por llegar antes y lo normal es que en su trabajo no pasara absolutamente nada porque llegase tarde un día puntual por una causa justificada. Con apenas estos dos ajustes, su talante cambió: se relajó, se dispuso a disfrutar de la música y aprovechó lo de tener un rato para sí mismo sin nada de particular que hacer.
Esta historia es perfecta para ilustrar el tema porque se ven claramente los tres pasos básicos de un buen proceso regulador:
- Asumir que hay un atasco y se va a llegar tarde (aceptación)
- Experimentar emociones conflictivas o incómodas (ansiedad, enfado).
- Tomarse el tiempo para reconducirlas y darles otra forma a través de un proceso tanto físico como mental (la respiración, el ejercicio de pensamiento flexible).
El ejemplo de mi amigo también nos sirve para entender que aprender a autorregularse es como aprender a escribir: nos lo pueden explicar, nos lo pueden enseñar, nos pueden ayudar, pero nadie puede hacerlo por nosotros.
Esto no significa que en ciertos momentos no podamos entrar a respirar en el templo – o la templanza – de otras personas, pero si nos acostumbramos a asaltar los espacios ajenos cada vez que nos pica un pie, llegará un momento en que seremos incapaces de regularnos solos en prácticamente nada y si cualquiera de los lectores ha atravesado alguna época de desregulación constante, ya sabrá lo desagradable que resulta dicha experiencia.
Una parte muy sustancial de la autorregulación se tiene que hacer en solitario, porque es la única manera de experimentar la salida de eje sin interferencias ni proyecciones, y de ver qué demonios hacemos con ella cuando no viene ningún alma caritativa a ahorrarnos la papeleta. O eso, o morir en el intento.
Soltar cosas, alejarse de malas situaciones, evitar dinámicas tóxicas son parte del 10% de circunstancias externas sobre las que sí podemos actuar; y confiar en uno mismo a la hora de hacerlo es una gran fuente de regulación por sí sola. Pero tener paz interior no es sólo saber soltar cosas, sino también entender cómo sostenerlas y afrontarlas. No necesitamos aislarnos en un aséptico desierto sin vida en la que evitemos sufrir la menor alteración, sino saber tolerar cierto nivel de alteración normal y humana; y aprender qué hacer con ella para que nos altere mucho menos.
Es improbable que lo logremos de forma inmediata y con visualizaciones etéreas, pero sí podemos cultivarla con una práctica constante y consciente que nos recuerde cómo pararnos en la pequeña pausa entre acción y reacción lo suficiente como para discernir lo que nos pasa, cómo lo estamos interpretando y qué otras opciones mentales tenemos antes de dar la primera por buena.
Si tan sólo logras hacer ese stop y darte cuenta, ya tienes mucho ganado; pero si además puedes pararlo en el tiempo, entrar dentro y hacer cosas nuevas con ello, te has ganado el templo, la túnica y hasta el título de Super Saiyajin. Ahora ya sí que puedes hablar de paz interior.
Os deseo tanto templos y templanzas, como las alteraciones suficientes como para aprender a construirlos.
La paz no es la ausencia de guerra, es una virtud, un estado de la mente, una disposición a la benevolencia, la confianza y la justicia. (Spinoza)