conformismo tóxico

Tu vida actual es un compendio de seguridad y estabilidad, pero hace tiempo que te sientes estancado/a. Puedes haber conocido a otra persona que ha activado los recuerdos de pasiones perdidas o tu cabeza sueña con soledad, con juergas pretéritas o con largos viajes de autodescubrimiento. Quedarte como estás o arriesgarte: esa es la cuestión. 

No hay un plan de vida estándar que esté bien o qué esté mal. Es cierto que nuestra sociedad está instaurada sobre un determinado modelo de vida por razones económicas y productivas, pero dicho modelo de vida en lo que respecta al individuo, no supone felicidad a menos que devenga de una elección personal, consciente y comprometida.

¿Qué ocurre cuando no es así? ¿Por qué no nos arriesgamos?

La respuesta es evidente: miedo. Miedo al qué dirán; miedo a equivocarse; miedo a sufrir. Da igual qué nombre tenga tu miedo; si estás en esta encrucijada vital, tu sensación es ¿y si tomo este camino y sucede algo horrible?. Y cómo no vas a tener miedo… ¡Si desde pequeñito/a has estado mamando que la única forma de ser feliz es en pareja y con una hipoteca a los 30 años!

¿Y si lo tienes y no funciona? ¿Y si algo impide constantemente que lo consigas?

Las buenas noticias son, que puedes elegir.

Las malas noticias son, que puedes elegir.

Sin embargo, antes de liarte el turbante a la cabeza y largarte corriendo a la India; o divorciarte y dedicarte a quemar la noche en las discotecas; o resignarte sin más a lo que te ha tocado en una desesperante procesión existencial en la que tu cuerpo sigue avanzando mientras tu mente se ha ido a vivir a los mundos de Yupi, la vida te da una tregua.

Escuchamos a nuestro alrededor a otras personas haciéndose eco de nuestros miedos. ¿Y de qué te quejas? Al menos, tienes trabajo. Al menos, tienes pareja. Al menos, tienes una casa.

Vivimos pues, en una mentalidad de escasez. La pura verdad, es que en una sociedad totalmente tecnológica, ya no se necesita estar en una oficina 10 horas diarias produciendo la nada. Y en una sociedad donde se promulga la libertad emocional, la inteligencia afectiva y la soledad constructiva, tampoco se necesita estar peor acompañado que solo.

La cuestión es que al final nos evadimos soñando con un gran y radical cambio que nunca llegamos a realizar, mientras en esencia, nada en nuestra vida cambia. No estamos comprometidos con nuestro sueño. Pero tampoco estamos comprometidos con nuestra realidad. Y eso nos deja en un estado intermedio que nos condena a la continua desesperanza. La vida se vuelve tan plana como la televisón de 42 pulgadas que seguramente tengas en el salón de tu casa.

Así que mientras decides si quieres irte a África a salvar niños hambrientos, o dejar ese trabajo y esa relación que en el fondo detestas, date un plazo para discernir si ese deseo es real o es sólo una forma de evadirte.

Empieza introdujendo pequeños cambios en tu vida, que sean posibles en el aquí y ahora. Por ejemplo, practicar un deporte. Revindica algo en lo que creas. Aunque sea por un foro de Internet. Prohíbe de tu vocabulario la frase: Me da igual. Eres humano, y como decía Terencio, todo lo humano te concierne. Rescata tu afición abandonada de la adolescencia. Aprende a expresar lo que sientes. Si algo te cabrea, te cabrea. Si algo te alegra, sonríe. Si algo te entristece, llora.

Uno no puede comprometerse a lo grande si no es capaz de comprometerse en lo pequeño. Puede ser echar una mano a un amigo, o poner de una buena vez el eterno cuadro que compraste en el 2011 y que aún no encontraste ningún momento bueno para colgar. Rompe con la inercia de las rutinas mínimas. Tómate el café de la mañana en otro bar. Apaga el móvil en el metro y mira a tu alrededor la vida que se está desarrollando. Haz cosas que nunca hayas hecho antes.

Y toma decisiones. Aunque sean minúsculas.

Todo esto pondrá en marcha la anquilosada maquinaria de tus patrones mentales y te ayudará a modificar hábitos, fomentando una manera de pensar más flexible y creativa y por tanto, más libre de miedos, que te despejará el camino en vistas a tomar cualquiera que sea la decisión.

¿Conformarse o arriesgarse? No te diré: haz las maletas y márchate. Ni tampoco, aguántate y quédate.

Lo esencial realmente es que al final de tu vida, nadie vendrá a darte un premio por haber hecho las cosas bien. Ni a castigarte por haber hecho las cosas mal. Sólo serás tú, ante ti mismo/, con tus recuerdos, con las consecuencias de tus elecciones, quien vendrá a rendirte cuentas. Y te dirás: en esto he empleado mi vida. ¿Valió la pena?

Las vidas de los ricos son en el fondo tan aburridas y monótonas, sencillamente porque ellos pueden escoger lo que ha de sucederles. Están aburridos porque son omnipotentes… La cosa que mantiene la vida romántica y llena de ardientes posibilidades es la existencia de esas grandes limitaciones vulgares que nos obligan a todos a enfrentarnos a las cosas que no nos gustan o que no esperamos. (Gilbert K.Chesterton)