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¿Qué significa el amor incondicional? Como su nombre indica, significa amar sin condiciones: en definitiva, amar sin esperar nada a cambio. ¿Por qué es tan difícil llevarlo a la práctica?

El amor incondicional es como la colonización de Marte o el descubrimiento de la Atlántida sumergida: no es imposible, pero es improbable. En la historia, quienes han hablado más y mejor del amor incondicional, no han sido las grandes parejas, ni los célebres amantes, sino los  grandes altruistas: lo que viene a sugerir que es más sencillo practicar ese amor incondicional con desconocidos de los que nada esperamos, que con personas que pertenecen a nuestro entorno inmediato y con los que forjamos vínculos íntimos y cercanos.

A veces, se da el amor inconcidional en el vínculo de padres e hijos, sobre todo cuando estos últimos son muy pequeños: es una generosidad innata hacia un ser desprotegido que no puede valerse por sí mismo y que depende desesperadamente de otros para poder sobrevivir. Cuando el niño crece y se le considera de algún modo independiente o adulto, se le empiezan a pedir cosas: rectitud, formalidad, cumplir ciertas expectativas, incluso compensar las propias carencias de los padres. El vínculo ha dejado de ser de amor incondicional y empieza a gestionarse mediante derechos y deberes.

Entre el cariño incondicional y los derechos y deberes, llegamos a la vida de pareja con un considerable jaleo. Queremos seguir siendo amados como los niños, pero ya no tenemos 3 años y la pareja no son los padres.

En definitiva, salvo escasas y extraordinarias excepciones, el amor universal y desinteresado, no suele aplicar a la relación de pareja. En cuanto a la pareja existen unas expectativas claras, unos acuerdos tácitos de lealtad. apoyo, cariño y cobertura afectiva. Si alguien falta al trato sentimental, es muy probable que la otra persona no acepte magnánimamente las ausencias, la indiferencia, la falta de compromiso o la traición con alegría y dicha de estar entregándose sin esperar nada a cambio. Por muy buenos propósitos que nos pongamos, no somos Jesucristo y no ponemos la otra mejilla. En otro orden de cosas, tampoco Jesucristo tenía pareja.

Dos personas (o tres, o doce) que construyen un vínculo voluntario, son libres de hacerlo tal y como consideren satisfactorio y adecuado para todos y ahí pueden entrar tantas formas de vivir como puedan imaginarse. Pero incluso en los acuerdos más abiertos y tolerantes, existen condiciones: como mínimo, ser correspondidos.

En definitiva, amar incondicionalmente es un bello propósito, sobre todo si eres médico sin fronteras, voluntario de ONG, o madre Teresa de Calcuta. En el ámbito de la pareja humana, el dar amor y no recibir nada de vuelta, a la corta o a la larga, acaba resultando frustrante o mermando la autoestima. Detrás de muchas depresiones, adicciones, enfermedades somáticas y ansiedades constantes, hay una pareja en la que uno vierte amor en un pozo sin fondo mientras que el otro le es sistemáticamente infiel, le ignora, le maltrata o simplemente no ofrece mucho más que estar ahí para hacer bulto.

El amor sin límites, ni condiciones es un concepto maravilloso. Ojalá todos lo practicásemos día a día, no sólo con los pobres, hambrientos y necesitados, sino con las personas de nuestras vidas. De ello, sin duda se haría un mundo mejor y más amable, en el que ya no hablaríamos de dependencias, migajas de amor, conquistas imposibles o sufridas luchas por obtener el afecto de alguien en concreto.

Pero dejemos por un ratito los mundos ideales. A día de hoy, uno puede no esperar nada del mendigo a quien deja unas monedas, pero cuesta no esperar nada del compañero a la que se dedica el tiempo, los proyectos de vida, las ilusiones e incluso una parte de la realización personal. Por el momento, la pareja es la pareja: dejemos las misiones humanitarias para otros ámbitos.

En este tiempo en el que derivamos por los extremos –o el total desapego o el apego obsesivo, o el no te necesito para nada, al sin ti no puedo vivir – el trabajo de la madurez consiste en ir aceptando que somos seres colaborativos, que en pequeña o mayor medida, necesitamos algo de los otros y que quizás, antes de proponerse lejanas metas de amores universales, deberíamos empezar por objetivos más coherentes con nosotros mismos. Ser más generosos, un poco más humildes, aprender a dejar ir, tener expectativas, pero no encarcelarnos en ellas y desear lo mejor para quienes queremos, incluso aunque a veces no vaya alineado con nuestros intereses.

Quien sabe si en alguna parte del camino, encontraremos el amor incondicional o en cambio, seremos los pioneros para poner sus cimientos de modo que nuestros hijos, nietos o bisnietos robóticos sean quienes tengan las herramientas para seguir construyendo ese edificio.

No aprendemos el amor incondicional persiguiendo bíblicos ideales, ni refugiándonos en la misantropía neurótica, donde acabamos transmutando en rabia y rechazo, nuestra incapacidad para conectar con otros. No lo aprendemos en un manual, en un congreso, o una teoría psicológica. En realidad, lo aprendemos de los demás.

La solidaridad no sobra en este mundo – más bien al contrario – pero si uno se marcha todos los años a hacer voluntariados a África y no es capaz de decirle a sus padres que los quiere o de sentarse a escuchar a su pareja, puede que sea el momento de ocuparse del ejercicio de los pequeños amores cotidianos.