
Delgadez extrema, filtros distorsionados, obsesión por el ejercicio físico, fiscalización del cuerpo ajeno y del propio: no cabe duda de que nos encontramos en una época caracterizada por una visión de la belleza (y el atractivo) tan histérica, insalubre y obsesiva como francamente estúpida. ¿Lo analizamos?
Recuerdo que una persona que tenía un gran problema de auto-aceptación me comentó que, a modo de ejercicio terapéutico, le habían recomendado subir una foto suya con una imagen sexy a las redes sociales. El objetivo de esta acción era empoderarse mostrando su cuerpo de una manera positiva, con el fin de mejorar su autoestima.
Yo le dije con toda sinceridad que no creía que hubiese nada perjudicial en sacarse una foto en plan estupendo y publicarla en alguna parte, pero que quitando el subidón del momento y de los likes que le cayeran, no le iba a aportar gran cosa en términos de autoestima. La autoestima es una cuestión bastante más compleja, que requiere un trabajo profundo y que, desde luego no se solventa con una foto vistosa. Pero esta confusión es bastante habitual.
En cuestiones de belleza e imagen, en general, es muy importante entender bien la distinción entre lo que es adentro y lo que es afuera. Hoy día, esta distinción es particularmente pertinente porque vivimos en una absoluta cultura del parecer ser. Como Barbies en su cajita de plástico y un set de complementos adecuados, podemos escoger entre ser la muñeca fit o gymbro, la perfecta, la espiritual, la saludable o la progresista. Por poner unos cuantos ejemplos. Todo tiene un aire aburrido, clonado e inauténtico, pero funciona para encajar en un mundo que demanda consumo de imágenes, como los aldeanos demandan doncellas vírgenes para sacrificar al dragón.
Encajar es lo deseable: el premio para quienes lo hacen es una catarata de validación al cromo de turno; y el castigo, una especie de inquisición pública que vive a la expectativa de encontrar lo que desentona para intentar devolverlo al buen camino a golpe de inquina.
Lo que se expone en público suscita una especie de sentido de la propiedad: nos otorgamos el derecho de aprobar o censurar, ignorantes de que quienes juzgan, invariablemente se exponen a ser juzgados. Y nos olvidamos de aquella vieja y sabia máxima de El Principito: lo esencial es invisible a los ojos. El siglo XXI empieza invitando a un hervidero de complejos absurdos creados de la nada y alimentados por un circo visual tan inane como estrepitoso, en el que canas arrugas, gorduras, delgadeces o cualquier otra cosa, parecen cobrar importancia capital y ser objeto de todo tipo de debates públicos.
Quizás la única manera de salir de este circuito cerrado no consista necesariamente en renunciar al atractivo o a lo sexy, sino en reformularlos y redescubrirlos más allá de la lista de requisitos que parece marcarnos el establishment actual. El establishment en cuestiones de físico en general importa tres pitos, porque no tiene relación alguna con las misteriosas y mutables leyes de la atracción real. Muchas personas que no encajan en los parámetros estéticos de moda, caminan por la vida con un encanto difícil de explicar; mientras no son pocos quienes se pasean con un aspecto más canónico, sin despertar ni frío, ni calor.
Lo superficial acarrea otro problema recurrente: si todo se basa en el aspecto, lo estético se convierte en una angustiosa carrera sin final, hacia ninguna parte. Siempre habrá cosas que corregir, cosas que rejuvenecer, cosas que operar, cosas que cambiar o mejorar. A partir de cierto punto, si uno no aprende a verse con otros ojos, caerá irremediablemente en un abismo de perpetua insatisfacción. Y como el tiempo tiene la inexorable costumbre de avanzar y el cuerpo de envejecer, llegará el momento en que nos quedaremos sin nada a lo que agarrarnos. Mala cosa si no hay plan B. B de Belleza, por supuesto.
Un físico bonito es algo maravilloso de ver y de apreciar. Como un museo de obras de arte vivas, el mundo está lleno de gente que da gusto contemplar. Ensalzar un atractivo más basado en valores, carácter, energía interna y acciones vitales no está reñido con valorar un rostro hermoso, unos ojos chispeantes o un cuerpo bien torneado.
Ciertamente, no es preciso que un campo de flores en pleno esplendor sea profundo, o especial, para apreciar su belleza. Pero no todas las personas tenemos que ser, necesariamente, campos de flores en pleno esplendor: quizás seamos más como un bosque umbrío, un pantano entre manglares o una franja de arena al borde del mar. Lo que nos queda, es saber apreciar las múltiples bellezas de lo que somos cada uno, tanto las visibles, como las no tan visibles.
Me gustó mucho una entrevista a Pamela Anderson, que ejemplificó involuntariamente este artículo con su singular evolución: de explosivo pibón californiano en los años 90, a señora alegre, plena y vital a sus 50. En la transición se han quedado atrás los maquillajes excesivos, los grandes pechos operados por los que se hizo famosa en su día y muy probablemente, cualquier necesidad de aprobación del gran público. Sigue siendo una mujer guapa, pero posee este tipo de belleza que ya dejando de ser aparente y empieza a rozar lo trascendente. En algún momento de la entrevista, la periodista le preguntaba algo así como que cuál era su mejor truco de belleza; y ella le contestaba que rodearse de gente que te quiere.
Lo que dice Pamela dista mucho de ser simple o ingenuo: es imposible verse bien todo el tiempo, en todos los espejos. Pero en los espejos adecuados, uno nunca engorda, nunca se afea y nunca envejece. Es un sencillo punto de partida para explicar que lo que la llamada belleza real no tiene nada que ver con luchar para parecerse a una muñeca en una caja de plástico.
La belleza real es mucho más particular e intangible y requiere el mismo recorrido profundo que el construirse una autoestima sana. Y puede ser algo tan simple y revolucionario como poner una luz en el bosque umbrío, encontrar los fuegos fatuos que chispean en el pantano o escarbar en busca de conchas brillantes de nácar en tu orilla de la playa.
Mi consejo de belleza no es tan bueno como el de Pamela, pero es muy complementario: si os tenéis que cuidar más, arreglaros más y poneros más guapos, que sea porque os queréis, no para que os quieran. Posiblemente estaréis menos canónicos, pero mucho más atractivos.
Y la belleza no es una necesidad, es un éxtasis.
Ni una boca sedienta, ni una mano vacía que suplica.
Sino un corazón ardiente y un alma encantada.
No es la imagen que querríais ver, ni la canción que desearíais oír.
Es una imagen visible aunque cerréis los ojos, y una canción que oís aunque os tapéis los oídos
(Khalil Gibran)
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Hola Cristina!
Al principio pensé que el texto iba dirigido a ambos sexos, porque la presión sobre el cuerpo y lo “visible” afecta cada vez más a todo el mundo. Pero conforme avanzaba la lectura me dio la sensación de que el enfoque terminaba centrado sobre todo en las mujeres. Entiendo perfectamente por qué —a nivel social ellas han cargado históricamente con un peso mucho mayor en este tema—, pero también creo que hoy los hombres empiezan (no digo empezamos porque esto ya no va conmigo) a sufrir una presión creciente y a ser juzgados por el físico de formas que antes no eran tan habituales. Solo quería aportar esa perspectiva: la tiranía de lo visible nos alcanza a todos, aunque no de la misma manera.
Un cordial saludo. Edu
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Hola Edu!
Mi enfoque siempre aspira a ser unisex, aunque por la elección del ejemplo de Pamela y la Barbie se podría colegir otra cosa. Yo también creo que ahora mismo la presión por determinada imagen es ya común en ambos géneros, lo que pasa que es más fácil encontrar muchas más reflexiones públicas sobre el tema en figuras femeninas que en masculinas y también sigue habiendo una clara tendencia a debatir más sobre el físico de ellas que de ellos. Pero el texto es aplicable a cualquiera que se sienta frustrado en una búsqueda interminable por encajar en un paradigma físico «de moda» (sea cual sea, porque tendencias hay varias.) De todos modos, me encantaría invitar a los lectores de ambos géneros a compartir su punto de vista al respecto, es un buen posible debate. ¡Un abrazo!
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Hola Cristina, muchas gracias por el artículo, muy interesante.
Un abrazo.
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