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Dime qué amigos tienes y te diré cómo te quieres.

Hace poco, tuve la suerte de volver a reencontrarme con un buen amigo que hacía años que no veía. Hay amigos y amigos. Este amigo es de aquellos que aunque pase el tiempo y no os encontréis, de repente, un día os cruzáis y os echáis a hablar con tanta naturalidad como si quedaseis todos los días. No sé qué sucede con este tipo de amistades, pero lo curioso es que siempre aparecen en el mejor momento. O simplemente es que el hecho de que aparezcan, siempre hace que el momento sea el mejor.

Me comenta que durante todo este tiempo, me ha venido leyendo y que le encanta, porque leerme es un poco como hablar conmigo.

De alma a alma, vamos desgranando nuestras cosas: lo divino, de lo humano, de nuestras preocupaciones y miedos, de nuestras tristezas y extrañezas, que no son muy distintas que las que teníamos años atrás.

Lo más bello de la amistad, es que es, quizás, una de las formas de amor más perfectas que existen, porque te conmina inevitablemente a la sinceridad.

Entre las cosas que tratamos esa noche, una de ellas fue la amistad en general y la nuestra, en particular.

¿Qué es la amistad? Simple. Dos personas que se quieren en lo esencial, sin más florituras.

Con los amigos, destripas tus asuntos íntimos con la misma naturalidad con la que hablas del tiempo, o de lo nuevo de Netflix, o de política; no existe ese temor a quedar mal o a dar una imagen equívoca que pueda llevarte a ser juzgado. Simplemente, se distingue a un amigo porque cuando estás con él, no tienes necesidad de ser alguien que no seas tú mismo para lograr su aprobación o su cariño.

Muchas veces nos encontramos preguntándonos hasta qué punto nuestras relaciones son auténticas o son relaciones de conveniencia (la pregunta del millón).

 Nos aterra ser usados, como si nosotros mismos no lo hiciésemos. Existen relaciones mutuamente utilitarias, que pueden ser positivas o no, y existen amistades. Las buenas amistades, como los buenos vinos y los buenos amores, envejecen bien con el paso de los años. Otras relaciones se van desvaneciendo o deteriorando ante la imposibilidad de llegar a una conexión verdaderamente íntima. 

¿Cómo distinguimos una amistad de otro tipo de relaciones? Fácil. Cuando estamos con personas con las que no necesitamos otra carta de presentación que nuestra propia energía, nuestra alegría, nuestros aciertos, nuestras taras, nuestra solidaridad, nuestro amor por las causas perdidas, nuestra paz interior, nuestra guerra perpetua, nuestras neuras y particularidades, nuestra honestidad o nuestra lealtad, seguramente podemos hablar de amigos.

Si nuestra carta de presentación NO son estas cosas, sino que todo nuestro valor está únicamente definido por nuestro status, nuestro ego, nuestros bienes materiales o aquello que en realidad es totalmente externo a nuestra humanidad, lo que conseguiremos serán admiradores, socios, inversores, invitados, parásitos, relaciones de conveniencia, pero no amigos.

Al igual que pasa con las relaciones de pareja, con las relaciones de amistad, uno jamás debería tener que enmascararse para ser amado.

A menudo invertimos una impresionante energía en embellecer y lucir nuestro cuerpazo serrano, o en acumular propiedades, o en crear una vida de mentira, o en alimentar relaciones que en realidad no nos llenan, con un único fin, a veces inaccesible o inconfesable: huir de la soledad y ser aceptados. El mayor sueño secreto de la mayoría de la humanidad es formar parte de algo. 

La admiración o la necesidad de otros se convierte en un sucedáneo temporal del amor que no logramos alcanzar. Las caras cambian en relaciones virtualmente idénticas.

Caminamos ciegos generando vínculos ilusorios que terminan dejándonos vacíos, desconectados: o nos decepcionan. Una y otra vez, la vida nos devuelve a esa soledad que tanto temíamos. 

Es sencillo culpar a otros por no ser aquello que buscábamos. Por ser superficiales o mediocres, por no creer en el amor o la amistad. Nosotros lo dimos todo ¿por qué no responden, por qué no me aman como necesito? Pero llega el momento en el que uno debe responsabilizarse de aquello que le sucede y hacerse preguntas, muchas preguntas.

La otra opción es cronificarse en el victimismo y aislarse orgullosamente con el convencimiento de ser el único que va en la dirección correcta cuando todos los demás circulan en sentido contrario.

Si optas por lo primero, vuelve a lo anterior y revisa cuál es tu carta de presentación.

¿Cuán importante es tener en tu vida una amistad sincera? Aunque la autoestima depende en gran parte de nuestro propio trabajo interior, sin duda, tener a nuestro alrededor a personas que realmente nos quieran tal y como somos, ayuda mucho. Todas las relaciones que construimos y alimentamos no son más que un reflejo de la relación que tenemos con nosotros mismos. Si tus parejas o amistades nunca te llenan es muy posible que en tu búsqueda de ser aceptado y querido, te hayas olvidado de aceptar y de querer.

(Desde aquí aprovecho para dedicar este texto a mis amigos: os prometo como propósito para estos próximos años, seguir queriéndonos y cuidándonos todavía más y mejor.)

La envidia que abre puertas en los seres

no pudo abrir tu puerta ni la mía.

Es hermoso como cuando la cólera del viento

desencadena su vestido afuera

y están el pan, el vino y el fuego con nosotros

dejar que aúlle el vendedor de furia,

dejar que silbe el que pasó entre tus pies,

y levantar la copa llena de ámbar con todo el rito de la transparencia (Pablo Neruda)