Budismo y otras corrientes afines abogan por el desapego como una forma de liberarse del sufrimiento emocional, pero ¡cuidado! A su vez, el apego es el mayor motor de la supervivencia de la especie humana. ¿Cómo separar el grano de la paja y saber apegarse sin apegarse?

Lo primero que hace un bebé recién nacido cuando le ponen sobre el cuerpo de su madre, es buscar instintivamente el pecho. Los bebés humanos lo hacen, como lo hacen todos los bebés de la especie mamífera a la que pertenecemos. El primer sonido que sabe formular un bebé, es el llanto. El llanto y la búsqueda del pecho, son mecanismos de apego para garantizar que el bebé obtenga atención y alimento de sus cuidadores, de los que depende para sobrevivir.

Hace unas generaciones, a los bebés recién nacidos se les separaba de sus madres en el hospital, para reunirlos junto a otros bebés recién nacidos en lo que se denominaba «el nido». Todavía existen hospitales con el famoso nido, donde la primera experiencia que vivía la criatura era la de ser arrancado bruscamente del cuerpo de su madre, como las terneras de las vacas en las granjas industriales. Pero la cosa no acababa ahí: ya llegado a casa, al bebé se le depositaba en una cuna, donde si había suerte se acomodaba sin rechistar; y si no la había, que era en la mayor parte de los casos, dicho bebé, con sus mecanismos de supervivencia perfectamente afinados, lloraba. ¿Por qué lloraba? Porque lógicamente, ser dejado en un cuarto, a oscuras, en una superficie desconocida y separado de su madre significaba estar en máximo peligro. Estoy solo. No me valgo por mí mismo. Mis cuidadores no están.

Señores. Ustedes están en este mundo porque sus ancestros lloraron y sus padres acudieron. Así de importante es el apego.

Curiosamente, la filosofía budista nace, florece y se instaura plenamente en los países que tradicionalmente practican crianza con pleno apego. 

La cultura del apego se instala en una sociedad que separa a los bebés de sus madres nada más nacer. ¿No es irónico?.  Todos esos adultos neuróticos, aferrados a sus propiedades y relaciones mientras que una voz inconsciente en su interior les susurra que si sueltan todo ello, están en peligro, no se valdrán solos, sus cuidadores no estarán...

El mensaje es claro. El apego forma parte del camino del ser humano y es esencial para su autonomía emocional. Ni siquiera el budismo aboga por destruir los apegos, aunque a menudo en occidente se interprete de forma errónea: precisamente por las mismas personas que no han superado sus pérdidas.

 La indiferencia no es más que la otra cara de la moneda del miedo a perder: ante mi miedo a la pérdida, destruyo mi dependencia hacia el objeto de mi apego: pero a su vez, con ello destruyo también todos sus mejores estímulos. Si esto ocurre cuando tengamos 80 años y una vida bien apurada a nuestras espaldas, es estupendo. Pero antes de tener 80 años, hay que tener 20, 30, 40 y 60, y si uno ya se desapega de todo nada más empezar, poco o nada va a aprender.

Para entendernos. Un apego que nos ocasiona ansiedad, anhelo doloroso, sufrimiento, necesidad de control es un apego que nos llevará a un profundo e importante aprendizaje si tomamos consciencia de ello. Adoptar la postura de aprendizaje es quizás, el primer y mayor paso hacia el proceso de desapegarse del apego. En ese apego, estamos regresando a un estado anterior en el que (metafórica o verdaderamente), gritamos en la oscuridad y nadie acudió a cogernos en sus brazos y acunarnos en un pecho cálido. Por esa falta de brazos del principio, nos perdemos buscando otros miles de brazos que ya nunca serán suficientes, porque ni somos ya bebés, ni el dinero, ni las parejas, ni los amigos, ni las posesiones son nuestros padres o nuestras madres.

El segundo paso del aprendizaje, una vez llegados a ese punto consta en…apegarse.

Porque nos mueve una carencia de apego, no su exceso. 

En este punto, necesitamos escoger a qué queremos apegarnos. Estar apegados a cosas o personas que nos generan placer, alegría, afectividad o seguridad, es normal. No estamos en este mundo para quitarnos de encima todo aquello cuanto nos haga felices así, porque sí, porque lo dicen los coaches, Buda y su tía la de Cuenca. Disfrutar de todo ello no es para nada incompatible con aceptar el hecho de que no nos pertenecen y que seguramente tarde o temprano, ya no estarán o no estaremos. Aquí reside la importancia de vivir el presente y que salga el sol por Antequera.

Apegarme sanamente entonces significa que la relación que estableceré con mis objetos de apego consiste en: disfrutarlos. Nutrirme de ellos. Admitir que hoy por hoy, necesito estas personas y cosas para mi desarrollo espiritual y personal. Aceptar su pérdida. Atravesar el miedo a la pérdida y comprobar que el mayor regalo de saber apegarme consiste en vivir plenamente mis apegos como si fueran a durar para siempre y como si fueran a acabarse al día siguiente, todo al mismo tiempo.

¿Y cómo se consigue todo esto? Perdiendo muchas veces, muchas cosas y personas. Y cuanto más apego (del chungo) haya, más se pierde.

¿Y la gente que se apega sanamente no lamenta la pérdida? 

Pues sí, lectores. También jode. También duele. También se llora, y es bueno. También se echa de menos, y no es malo. Ya hemos indicado antes que trabajar los apegos enfermizos no implica irse al otro extremo de la galaxia y volverse totalmente insensible, que es una etapa por la que pasamos la mayoría de las personas (y algunas siguen por ahí). Una cosa es arrastrarse eternamente por las esquinas viviendo morbosamente en los restos del naufragio de las cosas que se perdieron; y otra muy distinta es tener sentimientos y emociones normales que forman parte del mero hecho de estar vivo. Lo más zen que existe en la propia naturaleza seguramente sean los animales: y muchos de ellos lloran.

El apego no es una enfermedad, una tara que haya que erradicar: el apego nace con la especie misma y la mejor manera de que no ocasione sufrimientos inútiles, es nutrirlo, cuidarlo, embellecerlo y sobre todo, disfrutarlo. Así que si tenéis bebés, abrazadlos, escuchadlos, atendedlos mucho y muchas veces. Será su primera lección hacia un sano (des)apego.