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Ésta es la diferencia entre dioses y hombres. Los dioses pueden transformarse a sí mismos, los hombres sólo pueden ser transformados 

Cees Nooteboom

Hoy hablamos de los dioses. Pero no de dioses tradicionales. Estos ya no son trending topic. Es lógico. No hacen anuncios, no tienen aplicaciones para el Iphone y requieren culto, es decir, cierto esfuerzo consciente y algo de disciplina mental. O quizás es que los dioses de toda la vida, todopoderosos y misteriosos han sido reemplazados por dioses más de andar por casa. Cambiamos la Biblia por la biografía de Steve Jobs (que casi ocupa lo mismo en la estantería) y reemplazamos los principios religiosos por las alentadoras dedicatorias de carpeta de instituto made by Paulo Coelho. Son referentes más accesibles y no exigen establecerse un buen sistema de valores per se. Y además un libro de Osho sale más barato que ir a un psicólogo.

La tendencia general pues, va a juego con el individualismo imperante y propone dioses para todos los gustos y todas las personas: le hacemos un dios a medida, un Personal Jesus, que diría Depeche Mode. El zen de andar por casa mezclado con conceptos kármicos y ecos taoístas, una pizca de valores cristianos, un poquito de misticismo hindú y todo adaptado y empaquetado para satisfacer las necesidades del momento. Hay también perversiones divertidas como la religión del Monstruo del Espagueti Volador o la diosa Unicornio Rosa Invisible o religiones ficcionales apasionantes, como la jedi o el cosmicismo de Lovecraft. En definitiva, el ateísmo como tal, apenas existe: todos acabamos creyendo en algo y la oferta es enormemente variada y atractiva.

Con todo el eclecticismo imperante, en occidente hemos tenido una evolución interesantes. Nosotros provenimos de una sociedad en la que la religión, la burocracia de lo espiritual, ha constituido algo así como un código penal de las buenas costumbres que no había que cuestionarse, simplemente cumplir y si no las cumples eres malo y no vas al cielo. Todo muy sencillo, para bien o para mal. En la actualidad, estamos empezando a adoptar una actitud mucho más proactiva: ahora que nos hemos descreído, lo espiritual surge como resultado de un delicado trabajo de orfebrería personal en el interior de uno mismo. Esta mentalidad no es más que la extensión de una tendencia generalizada a rechazar conceptos, principios y valores impuestos desde la infancia y empezar a cuestionarlos desde la base.

Quedan quienes siguen escogiendo un sistema de creencias organizado por comodidad o porque incluso tras ese viaje interior, lo que descubren ya estaba escrito: no obstante, ciertas religiones empiezan a resultar sumamente ineficientes en el vertiginoso ritmo del mundo en el que estamos viviendo. La popularidad de filosofías como el budismo, muy popularizado en los últimos tiempos, responde precisamente a la necesidad de adaptación al cambio que requerimos en la actualidad, en contraposición a la vida basada en eternidades anquilosadas y permanencias obligatorias que hemos dejado atrás.

Todo fluye, todo cambia,
todo nace y muere,
nada permanece,
todo se diluye;
lo que tiene principio tiene fin,
lo nacido muere,
y lo compuesto se descompone.

(Y eso que Buda no conocía Internet)

¿Por qué buscamos ese algo más? Por la misma razón que lo buscaban los hombres que hicieron altares de piedra megalíticos en la prehistoria; por las mismas razones por las que se construyeron las catedrales y las mezquitas y se inventaron las religiones, el esoterismo, la fantasía y la filosofía. Porque somos seres complejos con hambre de infinito y limitarnos a nacer, comer, cagar y morir, no nos sabe a suficiente. Necesitamos entender porqué estamos aquí, porqué vivimos y sobre todo, porqué sufrimos.

Hace un tiempo, saltó la noticia (desmentida, posteriormente) de que el papa Francisco -pontífice moderno y popularísimo que ha conseguido el peculiar mérito de consensuar el beneplácito de propios y extraños- había afirmado que los animales cuando morían, iban al Paraíso, al igual que las personas. La religión católica siempre ha afirmado que los animales son seres carentes de alma, por lo que esta afirmación era, si cabe más sorprendente. Se trataba de un error periodístico, pero en cambio dio lugar a reflexiones tan preciosas como la de Marta Tafalla en la versión online de El diario y que podéis disfrutar aquí: Un cielo sin animales.

Esta anécdota me recordaba a mi madre, cuando, a despecho de las enseñanzas católicas, nos aseguraba en la infancia que nuestras mascotas fallecidas estaban en el cielo. Su cielo, por supuesto, no era ese cielo selectivo y moralista de la religión, sino, simplemente, ese lugar donde iban a parar todas las cosas, personas y animales que amábamos una vez dejaban de pertenecer al plano material.

Como adulta, sigo creyendo en ese cielo genérico y revoltoso de mi madre,  donde todo tenía cabida y al que todos iremos cuando partamos. Quizás sea un plano cuántico, o un universo paralelo, o un mundo enteramente virtual, aunque en mi cabeza todavía persiste la vieja imagen infantil del lugar celeste, repleto de esponjosas nubes y con montones de buffets libres a plena disposición las 24 horas del día. Algo así como una mezcla entre paraíso y supermercado. 

No existe una razón o un verdadero sentido para la pérdida y el dolor que implica, salvo que de momento, forma parte de la naturaleza intrínseca de la propia vida. Por ello, nosotros no aceptamos plenamente la finitud, algo en nosotros nos impele a aferrarnos, a rebelarnos de forma íntima y visceral contra la muerte, los finales, las rupturas:  y por ello existen los procesos de duelo, donde, entre otras cosas, uno reelabora sus filosofía para poder soportar el hecho de haber perdido algo que amaba sin morir de dolor en el intento.

Necesitamos, por tanto, cielos, dioses, Primigenios, budas, jedis o cualquier cosa que nos dé un respiro, una fe, aunque sea la fe en la sinrazón misma. Ya que cuando saltamos de vivencia en vivencia sin dar espacio a esta búsqueda, aprendemos que lo material tiene la mala costumbre de acabar perdiéndose y que el resultado de intentar sustituir personas y emociones, es acabar mirando al abismo, que éste te devuelva la mirada y que te acabe invitando a unas cañas porque le das hasta pena y todo.

La espiritualidad, sea del tipo que sea, es esa dimensión desconocida que florece al recoger los frutos de la experiencia. Sin ella, llevamos las heridas de nuestras pérdidas como un espartano su escudo, sin dejar pasar el dolor, pero sin dejar pasar a sus hermanas, las emociones, las pasiones, las cosas que hacen jugosa e impredecible esta extraña vida. Muchas personas en este mundo tienen todo lo que podría desearse y se sienten vacíos. Muchas personas en este mundo tienen muy poca cosa, y sin embargo, son plenos. Adivinen las diferencias.

 

 

amar confiar

Enamorarse hasta perder los papeles, la vergüenza y hasta el carnet de identidad. Salir a la calle con ganas de cantar a voz en grito. Sonreír sin saber porqué. Soñar despierto y despertarse soñando. Enamorarse es precioso. Salvo…cuando la otra persona no lo está. (más…)

La mochila

Publicado: agosto 29, 2013 de cristinalago en Superando el desamor
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En el transcurso de nuestras existencias, podemos sufrir varias rupturas amorosas. Todas ellas dejan algún tipo de marca, todas pasan a integrar eso que peyorativamente se denomina “la mochila”; y digo peyorativamente porque en la mayoría de los casos se utiliza dicha palabra como equivalente de: taras emocionales, miedos y traumas.

Despreciamos la importancia de estas vivencias, simplemente porque no hemos sabido transformarlas en algo positivo y preferimos anclarnos mentalmente en etapas anteriores que se idealizan porque no había “mochilas”, falacia que ejerciendo un poquito de autocrítica, es sencillo desmontar.

Se tiende a pensar que en el amor, los muy jóvenes inician, por así decirlo, en limpio. Todo es inocencia, todo es candorosa entrega e ilusiones no filtradas por las aguas turbias del desamor. Sin embargo, la mochila empezamos a llenarla desde el momento en que entramos en contacto con nuestro primer patrón relacional: nuestros padres.

Ni siquiera los tiernos amoríos adolescentes son libres de toxinas y ni mucho menos en el mundo de hoy son tan ingenuos como, retrospectivamente, deseamos creer. Los noviazgos entre púberes son bonitos en el sentido en que todo aflora por primera vez. Pero también son un campo de pruebas. En ese territorio novedoso, dos personas jóvenes se encuentran para poner de manifiesto lo que han asimilado en sus entornos y sus familias.

En una sociedad utópica, donde todas las parejas fuesen personas libres y equilibradas que se comprometiesen responsablemente con sus cónyuges y con los hijos en común, ninguno de nosotros acarrearía problemas de autoestima o deficiencias en la educación emocional. Pero no estamos en una sociedad utópica, sino en un mundo imperfecto donde hay abandonos, infidelidades, dependencias, celos, ansias de posesión, inseguridades, trastornos de la personalidad y sobre  todo, conceptos profundamente dañinos sobre el amor y la pareja.

Así pues, la mochila deja de estar vacía en cuanto adquirimos patrones, algo que sucede no durante las sucesivas relaciones amorosas, sino mucho antes, casi casi en la primera infancia.

La cuestión, entonces, sería ¿qué hacemos con la mochila? ¡Sencillo! Pero, vamos por partes:

1- Valorar la mochila: no verlo como una carga, sino como una ventaja. La experiencia, por muy dolorosa que pueda haber sido, nunca es negativa. Si las cosas salen bien, nos hará sentir felices; si salen mal, nos enseñarán algo importante. Pase lo que pase, sales ganando.

2- Aligerar la mochila: cuando de una mala experiencia no se consigue aprender, se convierte automáticamente en miedo. El miedo, durante una determinada fase o tras una ruptura dolorosa, es un mecanismo que impide que nos precipitemos a cosas para las cuales no estamos preparados. El miedo, cuando se prolonga en el tiempo y nos impide dejar de hacer algo que realmente deseamos, es la piedra más pesada de la mochila. Lo primero que jamás ha de llevar una buena mochila, es miedo.

3- Llenar la mochila: intercambiar las cosas que pesan (el miedo, de nuevo) por cosas que nos hacen mejores, es la mejor manera de transmutar una carga inútil en un provechoso kit de utilidades para el viaje. El mochilero profesional no se aferra a las personas, ni a las cosas, porque sabe que lo que lleva consigo basta y sobra para enfrentar su camino. Sólo quien haya llegado a este punto, podrá romper sus patrones e iniciar una etapa nueva.

4- Presumir de mochila: si partiste con una mochila cargada de complejos, culpas, miedos y dolores no superados y has conseguido intercambiarlos por esperanzas, ilusiones, experiencias y sabiduría, podrás decir que lo que llevas contigo no te convierte en alguien menor o en una persona dañada o con su potencial disminuido. Al contrario: te hace grande.