Aprender a conectar con las emociones

Publicado: noviembre 12, 2014 de cristinalago en ¿Quieres cambiar? Entra aquí
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aceptación

Dividimos las emociones en dos grupos: positivas y negativas. ¿Qué son las emociones negativas? ¿Porqué nos dañan? ¿Qué ocurre cuando reprimimos estas emociones negativas? ¿Cómo conectar con lo que sientes y aprender a guiarte por ello?

Hay una anécdota muy curiosa relativa a la Inglaterra victoriana, época famosa por los crímenes de Jack el Destripador, las aventuras literarias de Sherlock Holmes, la revolución industrial…y una muy estrica moral puritana.

La cosa llegaba al extremo  de alargar los manteles de las mesas para tapar por completo las patas, de modo que no pudieran suscitar pensamientos lascivos en la mente de los hombres, que podrían compararlas con las piernas (también tapadas) de las mujeres.

Que ya hay que tener imaginación.

En colaboración con la Iglesia, se condenó toda actividad sexual que no tuviera como propósito el procrear. La máxima aspiración social y moral se regía por el desprecio de las emociones y los sentimientos, en favor de una conducta recta, sobria, contenida y aparentemente muy formal.

El resultado de todo ello, puede imaginarse. Se llenaban los burdeles, abundaban los adulterios, la prostitución con menores, la drogadicción, los negocios ilegales y los delitos más brutales.

Nosotros no vivimos en la época victoriana -por suerte. Ya la represión no viene desde fuera: viene de nosotros mismos.
Aceptamos la alegría, la satisfacción, el perdón, la admiración, el amor. Se supone que la envidia, la rabia, el miedo y el dolor han de taparse como las patas de las famosas mesas victorianas, para no incitarnos a confundirlas con -¿en serio?- la naturaleza humana.

En el indignante caso de que las emociones llamadas negativas tengan el descaro de aparecerse sin nuestro permiso, la imaginaria señorita Rotenmeier que vive en nuestras cabezas, se asoma con cara de estreñida a pegarnos un palmetazo. No lo intentes, no vales para eso; No es tan guapa, tiene cara de pan. No sé para que viajas fuera…con lo a gusto que se está en casa. Dale en las narices a tu ex liándote con todos los que puedas. La gente que hace esas cosas es vacía y superficial…

¿Qué ocurre cuando impedimos aflorar las emociones que consideramos malas? Que en lo más recóndito de la inconsciencia, la reconocemos y condenamos en los demás, practicando el prejuicio, el odio, o el rechazo hacia aquello que quisiéramos extirpar de nosotros mismos.

Al tiempo que no aprendemos a regular nuestra balanza emocional y nos movemos entre extremos: o represión o explosión.

¿Cuántas veces, al aflorar todo esto en alguna situación difícil, hemos dicho: éste no soy yo?

Pues sí: ese también eres tú. Sólo que no eres el tú que sueles mostrar al mundo, el tú que te gusta de ti. Es la cara oculta de la luna, pero tan auténtica -y lunar- como el resto del satélite.

Desde luego, una persona puede cambiar su manera de afrontar la vida de una manera menos dañina, pero todo cambio ha de empezarse por aceptar lo que se siente, ya sea aceptable o reprobable según los estándares de la sociedad, de los padres, de las parejas o de esa imaginaria señorita Rotenmeier.

El obstáculo más habitual para llegar a este punto es que llevamos toda la vida yendo por el camino contrario, desarrollando toda una sofisticada red mental de castigo, negación, autojustificaciones y autoengaños que nos protegen convenientemente de la terrible posibilidad de ser nosotros mismos.

¿Cómo reconectar con las emociones?

En primer lugar, dejándolas fluir. Si sientes envidia por la belleza, el éxito o los bienes de otra persona, lo más habitual es que reprimas esa envidia, o la disfraces de una admiración oblicua y dudosa. Tu señorita Rotenmeier ya te ha dado el varazo de rigor y la emoción que se estaba formando, se ha quedado latente e hinchada como un quiste que no duele, pero sigue molestando.

¿Qué tal si pruebas a aceptar lo que estás sintiendo? Siento envidia y lo acepto por completo. Siento rabia y lo acepto totalmente. Siento rencor contra mi ex pareja, y lo acepto.

Otro buen ejercicio para identificar y conectar con lo que sentimos, es utilizar la música. Hay personas que se aburren en los museos, que no tocan los libros, o que se duermen en el cine, pero aún no conozco a nadie que no sienta nada con respecto a ningún tipo de música, ya sea heavy metal, sinfonías clásicas o salsa caribeña.

Sea cuales sean tus preferencias, confecciona un buen repertorio. Elige una canción para cada emoción: alegría, rabia, desgarro, angustia, tristeza, amor…En la música, hay un permiso universal para canalizar todo tipo de emociones: no existe ninguna clasificación que divida las canciones entre canciones que no deban escucharse porque son melancólicas o que deban escucharse porque son pletóricas.

Escúchalas en tu casa, o dándote un buen paseo con un mp3 a tope. En lo que dure cada canción, date permiso para experimentar el sentimiento que te está transmitiendo. Reconoce el eco que está haciendo en ti y empieza a ir liberando poco a poco todas estas represiones que has ido acumulando desde el primer momento en el que algo o alguien te dijeron cómo te debías de sentir.

A  medida que vayas practicando la apertura emocional, crearás un nuevo hábito: el de la aceptación. Poco a poco, la señorita Rotenmeier de tu cabeza irá perdiendo potencia y se relegará a un rinconcillo desde el cual sólo incordie de vez en cuando, para dejar paso a la maravillosa ingravidez mental de permitirse ser uno mismo.

Si cubriéramos los desfiladeros para protegerlos de los vendavales, jamás veríamos la belleza de sus formas (Elisabeth Kübler-Ross)

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comentarios
  1. El de las emociones es un tema que me apasiona, llevo varios años pensando y leyendo sobre ello. Y he llegado a la conclusión de que esa teoría de la represión que expones no me convence. Creo que las emociones funcionan más como hábitos que como elementos reprimidos, es decir, que cuanto más permites que se desarrolle una emoción negativa, más fuerte se hará dicha emoción. Empecé dándome cuenta de esto con la ira. Yo siempre había seguido aquello de “dejar salir la ira para que no se quede dentro y te envenene”, y así empecé a tener un problema real con la ira. Fue escuchar al Dalai Lama hablar sobre la ira lo que me hizo ver que estaba equivocado. A partir de entonces empecé un trabajo interior de no alimentar mi ira. El cambio fue fantástico, me sentí mucho más feliz y mis explosiones de ira disminuyeron hasta casi desaparecer. Luego aplique la misma técnica al miedo, a las preocupaciones. Me di cuenta de que las emociones funcionan como hábitos: hay que romper los malos a base de no alimentarlos y reforzar los buenos.

    Richard Davidson es un neurocientifico que ha dedicado toda su carrera a estudiar las emociones. Te recomiendo encarecidamente que leas su libro “The emotional life of your brain” (si no lo has hecho ya). En él explica como las emociones negativas se generan en el córtex prefrontal derecho y las positivas en el córtex prefrontal izquierdo. Describe seis distintos esquemas emocionales y los circuitos cerebrales que los mantienen. El libro acaba describiendo métodos de meditación para cambiar los distintos hábitos emocionales. Por cierto, Richard Davidson es uno de los principales investigadores sobre las bases neurofisológicas de la meditación y un amigo del Dalai Lama.

  2. Susana dice:

    Hola Hermessolenzol,
    Permíteme comentar tu entrada. Yo no creo que lo que Cristina quería decir es que haya que alimentar las emociones negativas, sino reconocerlas y aceptarlas, que si no me equivoco es el primer paso que hiciste tú antes del cambio que describes. En mi opinion, una vez identificadas, y aceptadas, es cuando eres capaz de dejarlas marchar y “pasar a otra cosa”. No creo que Cristina hable de dejar salir la ira, en el sentido de estallar, y así sentirse mejor, sino (y me repito), de aceptar esa ira como primer paso para dejarla ir y no alimentarla. Muchas veces no somos conscientes de los propios sentimientos, y eso hace que los retroalimentemos con ruminaciones, que es lo que en mi opinión hace que alimentemos esas emociones negativas.
    Me parece interesante el libro que recomiendas, intentaré leerlo, espero que no sea demasiado técnico.
    Un saludo

  3. Susana, estoy de acuerdo contigo en que las dos cosas son importantes: reconocer las emociones negativas y luego atajarlas. Lo que pasa es que llueve sobre mojado y existe una larga tradición de decir que “hay que expresar las emociones”. En casos extremos esto se puede convertir como excusa de situaciones de abuso, en las que un maltratador se disculpe diciendo que sólo estaba expresando su ira. Quizás la diferencia clave esté entre reconocer una emoción para nosotros mismos y el expresarla ante otros. Lo último es lo que puede hacer que se amplifique y vuelva como un bumerang. También es muy importante los que dices sobre las ruminaciones, que son las que llevan a los peores estados mentales. Ahí sí que hay que encontrar estrategias para detener el proceso de retroalimentación de la emoción negativa.

    El libro no es nada técnico. Tiene una anécdotas preciosas del autor aventurándose con un montón de equipo de neurofisiología en las montañas del Himalaya para hacer experimentos con monjes que vivían en cuevas.

  4. Marlo dice:

    Si, muy interesante todo lo relativo a las emociones, sobre todo al inexplorado océano de las emociones negativas. Ahora mismo estoy navegando ese mar. Hace unos meses que terminó mi última relación y convivo diariamente con estas emociones. A veces se desbocan y sufro. Reconozco los días favorables en los que no hay sufrimiento, sólo la aceptada convivencia con la emoción. He llegado a distinguir bien entre el dolor y el sufrimiento. El dolor es un perro que se me acerca y me deja acariciarle el lomo. El sufrimiento es un animal raro: cuando viene me enloquece, y hace que yo me muerda, que yo mismo me ataque y me defienda.
    En el sufrimiento hay lucha y casi siempre derrota. Un ámbito en el que se desencadenan las auténticas fuerzas destructivas que hay en mi: desvalorización, culpa, resentimiento, pánico, desconfianza; todos los fantasmas, todos los terrores que duermen esperando que algo en la vida provoque su despertar.
    Sin embargo en el dolor hay cierta paz. El dolor, el silencio interior y yo. Tres elementos que operan una magia que no entiendo del todo, pero que intuyo. Un estado en el que reconozco que me está sucediendo algo bueno que duele. Un dolor que recuerda al dolor de la preadolescencia cuando el cuerpo crecía.
    A veces me pregunto por qué no lanzarme al consuelo de otra relación. Siento que no es el momento; no me apetece, estoy triste y mi líbido también. Y pienso que es posible que mi yo que sabe esté creando el espacio para quedarme en silencio con mi dolor, y así permitir que la magia haga su trabajo.
    Pienso mucho en mi expareja. La he dejado ir aunque su recuerdo me invade frecuentemente; alguna noche sueño con ella y más de una vez me he despertado pronunciando su nombre. Son cosas que no puedo controlar, que forman parte de mi inconsciente y no tienen nada que ver con mi determinación a que concluya el proceso de la manera que sea.
    Y si en el dolor hay magia, y con la magia hay crecimiento, a la que fue mi pareja se lo debo. Esté donde esté, esté con quien esté le doy las gracias y la bendigo. Mi camino ya no es con ella. Ahora soy un marino navegando en solitario el misterioso mar del dolor. Cualquier ola estará bien, cualquier tormenta, cualquier ave. Este es el rostro del mar que ahora surco.
    Seguro que un día, me sorprenderá la brisa tibia de otra tierra, de otro puerto donde encontraré mi próximo amor. En esa tierra firme contemplaré el horizonte del que vengo, y sentiré que nada ni nadie me podrá quitar nunca este viaje, un viaje del corazón que habrá valido la pena, o mejor dicho, que habrá valido el dolor.

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