
El apego ansioso no siempre responde a traumas infantiles; no siempre se exterioriza y no, sentir ansiedad en una relación no siempre implica que lo tengas. ¿En qué consiste y cómo nos condiciona?
En el artículo anterior hablaba de los peligros de enredarse en el vicio de trabajarse y cuestionarse constantemente cada vez que se sufre un revés. Como no quería extenderme tanto, no maticé (confío en vuestra inteligencia) que hay reveses que son consecuencia de cosas que sí son mejorables; y otros que siendo más azarosos, requieren más aceptación que introspección. Diferenciarlos es fácil: los primeros se suelen repetir y los segundos, no.
Entre las cosas que sí nos inquietan más a nivel interno, están los apegos desregulados, que básicamente son todos menos el apego seguro. No vamos a centrarnos en cada uno de ellos, así que me limitaré a reutilizar una metáfora con panes que ya elucubré hace tiempo para Instagram.
- Apego evitativo: Tengo un pan. Si lo comparto, me quedaré sin pan. No doy pan.
- Apego desorganizado: Tengo un pan. A veces creo que me quedaré sin pan si lo comparto, pero a veces no. Así que a veces te lo quito. A veces te lo tiro a la cabeza. A veces me lo como. A veces me olvido de que tengo un pan.
- Apego seguro: Tengo un pan y lo comparto contigo. Sigo teniendo pan.
Y por último:
Apego ansioso: Tengo un pan. Si te doy todo mi pan, no me dejarás. Me quedo sin pan.
El apego es la argamasa emocional de la que están hechos nuestros vínculos. Es lo que hace que nos inclinemos hacia unas determinadas personas y que otras, sin embargo, pasen de largo por nuestro radar. Es lo que hace, también, que leamos determinadas situaciones de una forma u otra e incluso condiciona nuestras reacciones y decisiones. En definitiva, es algo que influye de una manera tan profunda en nuestras vidas, que merece la pena prestarle un poco de atención.
Nuestras primeras formas de apego suelen ser una imitación inconsciente del vínculo que vivimos en las primeras relaciones con nuestras figuras de referencia. Spoiler: suelen ser los padres. Si el afecto era consistente y constante, recibimos el mensaje de que el amor es hogar, del que nace una forma de vincularse segura; si el afecto, en cambio, era variable, precario o ausente, o iba acompañado de algún tipo de maltrato, lo más común es desarrollar un apego inseguro. Pueden existir otros condicionantes, pero contarlos todos me complicaría mucho el tema, así que vamos a dejarlo en este resumen al más puro estilo peras y manzanas.
Cada apego inseguro tiene su particularidad, pero el apego ansioso suele estar muy relacionado con el miedo al abandono. Y puede provenir de una experiencia en la infancia, pero también puede empezar a manifestarse a raíz de experiencias en la vida adulta.
El pobre apego ansioso está un poco caricaturizado y tiene varios mitos que conviene desmontar. El primero es asociarlo con comportamientos de control, desesperación y celos extremos que pueden ser indicativos de problemas más profundos, como la dependencia emocional.
Espera, ¿el apego ansioso y la dependencia emocional no son lo mismo?
No, aunque pueden ir de la manita. Una persona con apego ansioso puede ser alguien que lleve una vida autónoma y esté perfectamente bien cuando no está en pareja; su problema se activa cuando se acrecienta la intimidad. Una persona dependiente es una persona que no es capaz de estar sola, dentro de lo cual puede manifestar un apego ansioso, o cualquier otro tipo de apego inseguro.
El estado basal del apego ansioso es la ansiedad, pero…¿significa que tenemos apego ansioso cuando sentimos ansiedad en un vínculo? Este es otro mito que llama a confusión y que se desmonta alegando algo tan sencillo como que la ansiedad es parte natural de la sintomatología de estar vivo y que no siempre responde a alguna disfunción personal.
Hay estados de ansiedad que son puramente internos (los miedos, las rumias mentales, los sesgos) y otros estados de ansiedad que responden a situaciones externas que objetivamente resultan perturbadoras para todo ser humano que no sea una estatua de piedra.
Una persona que tenía una pareja que desaparecía de la faz de la tierra cada dos o tres semanas, para reaparecer sin explicaciones, me pedía que le diese pautas para regular la angustia que le producían estas demoledoras ausencias. Consideraba que su malestar era el problema en su relación; y no los comportamientos anómalos de su compañero. Yo le expliqué que no tenía ninguna herramienta para acostumbrarse a alguien con un comportamiento tan disruptor, pero asumir esto implicaba que tenía que admitir que estaba en una relación dañina y enfrentarse a la decisión de romperla. Si existía un problema de apego ansioso, estaba justo en ese punto: en el miedo a irse, en el miedo de haberse gastado todo el pan y quedarse sola y muerta de hambre. Su angustia era un sistema de alarma que estaba funcionando con completa normalidad.
Hay un momento clave en la vida de una persona en el que realmente puede identificar si existe un problema de apego: no cuando se siente mal en una relación disfuncional, sino cuando se sigue sintiendo mal en una relación funcional. Una relación funcional es un vínculo en el que existe igualdad, escucha, validación, respeto, manejo constructivo de los conflictos y además puedes ser tú mismo o tú misma (apego ansioso incluido).
Para alguien con apego inseguro, este tipo de vínculo puede ser un desafío mucho mayor que una relación disfuncional por el mero hecho de que ya no puedes entretenerte intentando retener al otro -porque el otro está– y en cambio, empiezas a luchar por cambiarte tú, que es mucho más difícil. Por esta razón, los estilos de vínculo disfuncionales tienden a enlazarse entre ellos, siendo una especie de pacto inconsciente para no tener que enfrentarse a una tesitura tan incómoda.
Las relaciones entre apegos inseguros también tienen mucho punch porque suelen empezar con un tipo de intensidad muy característica que les conecta, generalmente en muy poco espacio de tiempo. El problema no es la intensidad, en absoluto: el problema viene cuando esa intensidad acaba derivando en un extraño ejercicio de despersonalización donde uno se deja la identidad, los límites y hasta el cerebro por el camino. Como decía fantásticamente Sandghuru: necesitas locura en tu corazón, pero equilibrio absoluto en tu mente.
Cabe señalar que los apegos inseguros se pueden tratar a través de terapia especializada, pero esto debería complementarse con la práctica en la propia vida. Una persona con apego ansioso se beneficia mucho cuando es capaz, durante el inicio de un romance, de detenerse de vez en cuando y preguntarse:
¿Esto me apetece realmente?
¿Estoy preparado/a para dar este paso?
¿Siento confianza y tranquilidad para compartir este nivel de intimidad?
Preguntar mucho, preguntarse cada vez que haga falta, perder el miedo a parar y hacerse preguntas: aunque incomode y retrase. Sólo de esta manera, podemos aprender a discernir algo importantísimo: no sólo cómo nos sentimos realmente -más allá de la necesidad de asegurar el pan-, sino en qué momentos y personas son un sí, y cuáles son un no.
Importante, como siempre, no abandonarse a uno mismo para entrar a la relación. Seguir cultivando espacios personales, sueños, objetivos, aficiones, amistades o lo que le llene a cada uno y practicar un poco de presencia plena -a poder ser, libres de móviles y otros distractores – en esos otros lugares seguros de nuestras vidas.
Cuando uno está motivado con sus cosas y entiende que los espacios personales son importantes y enriquecedores, es más sencillo discernir si el malestar que sentimos es porque no estamos a gusto con la pareja, o porque no estamos a gusto con nosotros mismos.
Pregunta común: ¿Es viable que haya una relación saludable entre personas con apegos inseguros? ¿Y puede funcionar una pareja entre Piscis y Acuario?
A ver, somos mucho más que un signo del zodíaco o un estilo de apego. Nadie nos va a venir en perfectas condiciones y con todo solucionado, pero hay buenas posibilidades cuando existe tolerancia, flexibilidad, poco ego y capacidad de diálogo. Yo comprobaría todo esto antes de preocuparme por el nombre que le pone a su manera de querer.
El trabajo con un apego ansioso se beneficia de algo más que hacer análisis y autocrítica: es aprender a salir de los laberintos mentales, formular espacios seguros propios que no siempre dependan de personas concretas y dejar de confundir intensidad con prisas. Y sobre todo, consiste en descubrir que no hace falta quedarse despojado y vacío: permite que la gente que te acompaña también tenga el derecho, y el placer, de compartir su pan contigo.
Todo empieza con esta pregunta: ¿cómo hago para dar pan sin perder pan?